Claudia Sheinbaum aparece atrapada entre la tradición histórica de solidaridad mexicana y la realpolitik internacional. Al llamar “guerra” lo que muchos denominan “genocidio”, envía una señal clara: su administración prefiere sostener el equilibrio diplomático antes que asumir una postura que incomode a Israel o a Washington.
Ciudad de México, 4 de septiembre (MaremotoM).- La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha mantenido desde el inicio de su mandato un discurso prudente respecto al conflicto en Gaza. En sus intervenciones evita hablar de genocidio, prefiriendo el término “guerra”. Esa elección semántica no es menor: implica colocarse fuera de la ola de denuncias internacionales que califican las ofensivas israelíes como crímenes contra la humanidad.
En una conferencia de prensa del 25 de julio de 2025, Sheinbaum declaró: “Condenamos lo que está ocurriendo en este momento, es un infierno de dimensiones históricas”, citando al propio secretario general de la ONU. Sin embargo, insistió en referirse al conflicto como “guerra en Gaza”, reafirmando su apuesta por la solución de dos Estados y una convivencia pacífica.

Días antes, el 23 de junio, cuando fue consultada directamente si consideraba genocidio lo que ocurría en Gaza, Sheinbaum evitó pronunciarse: “México mantiene una postura neutral”, respondió. Esa neutralidad calculada es la que ha despertado críticas en sectores sociales que reclaman mayor contundencia moral.
El contraste es evidente si se recuerda la política exterior mexicana que, con sus contradicciones, se ha presentado como defensora de los más débiles y desplazados. Desde la Doctrina Estrada, pasando por la acogida de exiliados españoles y sudamericanos, hasta el apoyo a Evo Morales en 2019, cuando se le otorgó asilo tras el golpe en Bolivia, México cultivó una imagen de refugio y solidaridad.
Ese legado histórico convierte la postura actual en un parteaguas. La pregunta que resuena es si el gobierno de Sheinbaum, heredero de un discurso progresista, puede sostener esa identidad mientras evita llamar “genocidio” a lo que tantas organizaciones internacionales denuncian como tal.

Las razones de esta cautela diplomática son múltiples. México mantiene con Israel vínculos en defensa, tecnología y comercio, y preservar esos lazos parece pesar más que el riesgo de incoherencia ideológica. No se trata solo de pragmatismo: para analistas críticos, el alineamiento de Sheinbaum recuerda más a líderes occidentales como Donald Trump y varios gobiernos europeos que han evitado condenas firmes a Israel.
Sheinbaum no se ha limitado a las palabras. En marzo de 2025, recibió en Palacio Nacional a la nueva embajadora palestina, Nadya R. H. Rasheed, un gesto simbólico de reconocimiento diplomático hacia Palestina. Sin embargo, mientras ese acto refuerza la idea de compromiso, la falta de un lenguaje más duro la coloca en la frontera entre la condena y la omisión.

La ambigüedad impacta tanto dentro como fuera de México. En el plano interno, colectivos de derechos humanos y organizaciones sociales reclaman que el gobierno rompa con la neutralidad “cómplice”. En el plano internacional, México se distancia de países como Colombia con Gustavo Petro o Chile con Gabriel Boric, que han usado un lenguaje mucho más firme frente a Israel.
La estrategia de Sheinbaum parece apostar a un delicado equilibrio: condenar la violencia, pero sin emplear la palabra “genocidio”. Esa “neutralidad” se revela, en los hechos, como una forma de alineamiento con los intereses del poder occidental y una señal de que su gobierno podría moderar las expectativas de cambio en la política exterior mexicana.
En conclusión, Claudia Sheinbaum aparece atrapada entre la tradición histórica de solidaridad mexicana y la realpolitik internacional. Al llamar “guerra” lo que muchos denominan “genocidio”, envía una señal clara: su administración prefiere sostener el equilibrio diplomático antes que asumir una postura que incomode a Israel o a Washington.











