Chimamanda Ngozi Adichie

CHIMAMANDA NGOZI ADICHIE VUELVE A LA FICCIÓN LUEGO DE AMERICANAH

Con Unos cuantos sueños, Chimamanda confirma que su literatura se mantiene en diálogo con los grandes debates sociales, pero también con la intimidad y los anhelos cotidianos. Su regreso a la ficción, lejos de ser un gesto de nostalgia, se percibe como la afirmación de una voz que ha hecho de la literatura un territorio para imaginar, cuestionar y resistir.

Ciudad de México.– Después de más de una década dedicada a los ensayos, la conferencia pública y la reflexión sobre el feminismo contemporáneo, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie vuelve a la novela con Unos cuantos sueños (Random House), una obra esperada por lectores en todo el mundo que marca su regreso a la ficción tras Americanah (2013).

El libro, que la autora tardó doce años en concluir, indaga en la intimidad de personajes que lidian con el deseo, la frustración y las cicatrices de la maternidad. “Es una novela muy interior, pero también muy directa. Quise escribir sobre cómo los sueños de las mujeres —los cumplidos, los frustrados, los imposibles— moldean la vida tanto como la política o la historia”, afirma Adichie.

Chiamaka es una escritora de viajes nigeriana que reside en Estados Unidos. En la soledad de la pandemia, recuerda a sus antiguos amantes mientras se enfrenta a sus propias decisiones y remordimientos. Zikora, su mejor amiga, es una abogada exitosa en todo hasta que, cuando se ve traicionada y con el corazón roto, debe recurrir a la persona que menos creía necesitar. Omelogor, la audaz y franca prima de Chiamaka, es una persona muy influyente en Nigeria que comienza a cuestionarse hasta qué punto se conoce a sí misma. Por último, Kadiatou, el ama de llaves de Chiamaka, cría a su hija con orgullo en Estados Unidos, pero debe enfrentarse a un obstáculo imprevisible que amenaza todo lo que se ha esforzado por construir.

En Unos cuantos sueños, Adichie dirige una mirada feroz hacia estas mujeres en una novela brillante y trascendental que trata la naturaleza misma del amor. ¿Es posible alcanzar la verdadera felicidad o se trata de un estado fugaz? ¿Hasta qué punto debemos ser honestos con nosotros mismos para amar y ser amados?

Chimamanda Ngozi Adichie
Vuelve a la ficción luego de 12 años. Foto: Cortesía

A través de una mordaz reflexión sobre las decisiones que tomamos y las que se toman por nosotros, sobre las hijas y las madres, sobre nuestro mundo interconectado, Unos cuantos sueños late con urgencia emocional y observaciones conmovedoras e inquebrantables sobre el corazón humano, con un lenguaje lleno de belleza y fuerza. Esta novela confirma el estatus de Adichie como una de las escritoras más conmovedoras y vibrantes del actual panorama literario.

La autora reconoce que la larga espera no fue casual. “Me tomó doce años terminarla porque necesitaba vivir lo suficiente para entender mejor a mis personajes. Sentí que solo después de ciertas experiencias podía darles voz con honestidad”, explica, subrayando que la escritura de ficción no se improvisa, sino que requiere un proceso vital paralelo.

Conocida por Todos deberíamos ser feministas, Chimamanda vuelve ahora sobre un tema que, dice, la ha obsesionado siempre: “La maternidad deseada, la negada, la que nunca llega. Quise explorar esos matices sin clichés, desde el silencio íntimo hasta el grito colectivo”.

La novela está marcada por escenarios entre Nigeria y Estados Unidos, una doble geografía que es también la experiencia vital de la escritora. “Nigeria y Estados Unidos conviven en estas páginas porque yo misma soy el producto de ese ir y venir. Mis personajes viajan con sus heridas y sus deseos, como todos los que estamos entre dos mundos”, explica.

Más allá de etiquetas como “literatura africana” o “literatura feminista”, Adichie insiste en lo que para ella constituye el corazón del oficio narrativo: la posibilidad de que sus personajes cobren vida para quienes los leen. “Lo que más me importa es que las lectoras y los lectores sientan que estos personajes podrían estar a su lado, que reconozcan algo propio en sus dilemas, aunque nunca hayan pisado Lagos o Nueva York”.

Con Unos cuantos sueños, Chimamanda confirma que su literatura se mantiene en diálogo con los grandes debates sociales, pero también con la intimidad y los anhelos cotidianos. Su regreso a la ficción, lejos de ser un gesto de nostalgia, se percibe como la afirmación de una voz que ha hecho de la literatura un territorio para imaginar, cuestionar y resistir.

Chimamanda Ngozi Adichie
Editó Random House. Foto: Cortesía

Fragmento de Unos cuantos sueños, de Chimamanda Ngozi Adichie, con autorización de Random House.

UNO

Siempre he deseado ser conocida, conocida verdaderamente, por otro ser humano. A veces vivimos durante años con anhelos a los que no conseguimos poner nombre. Hasta que en el cielo se abre una grieta, que luego se ensancha y nos permite descubrir quiénes somos, tal como ocurrió en la pandemia, porque fue en el confinamiento cuando empecé a cribar mi vida y dar nombre a cosas que habían permanecido innominadas desde hacía tiempo. Al principio, juré que sacaría el máximo provecho de ese secuestro colectivo: si no tenía más remedio que quedarme entre cuatro paredes, me aceitaría a diario el nacimiento del pelo para fortalecérmelo, bebería ocho vasos grandes de agua, trotaría en la cinta, me daría el lujo de dormir largas horas y me aplicaría sérums nutritivos en el cutis. Escribiría nuevas crónicas de viajes a partir de notas no utilizadas, y si el confinamiento se prolongaba lo suficiente, tal vez al final acumulara el contenido necesario para un libro. Pero, transcurridos apenas unos días, me precipitaba en un pozo sin fondo. Las palabras y las advertencias rotaban y se arremolinaban, y yo tenía la sensación de que todo el progreso humano retrocedía vertiginosamente hacia un estadio atávico de confusión que a esas alturas ya debería haberse extinguido. No te toques la cara; lávate las manos; no salgas a la calle; rocíate con desinfectante; lávate las manos; no salgas a la calle; no te toques la cara. ¿Lavarme la cara podía considerarse tocármela? Siempre usaba una toalla facial, pero una mañana me rocé la mejilla con la palma de la mano y me quedé paralizada mientras el agua del grifo seguía corriendo. Poca importancia podía tener, seguramente, puesto que ni siquiera salía de casa, pero a qué venía eso de «no te toques la cara» y «lávate las manos» si nadie sabía cómo se había originado aquello, cuándo terminaría o, de hecho, qué era. Al despertar, me asaltaba a diario la ansiedad, se me aceleraba el corazón por propia iniciativa, sin mi permiso, y a veces me llevaba la mano al pecho y la mantenía ahí. Estaba sola en mi casa de Maryland, sumida en el silencio propio de una zona residencial, flanqueadas las fantasmagóricas calles de árboles que parecían ellos mismos acallados por la quietud. No pasaban coches. Me asomé y vi una manada de ciervos atravesar el claro de mi jardín delantero. Unos diez ciervos, o acaso quince, no uno de esos ciervos solitarios que antes veía de vez en cuando mordisquear tímidamente el césped. Me asusté, por su desacostumbrado atrevimiento, como si mi mundo estuviera a punto de ser invadido no solo por ciervos, sino también por criaturas al acecho que yo no alcanzaba a imaginar. A veces apenas comía; entraba sin propósito fijo en la despensa y picaba unas galletas saladas. Otras veces desenterraba bolsas olvidadas de verdura congelada y preparaba unas alubias picantes que me recordaban a la infancia. Esos días amorfos se fundían unos con otros, y experimentaba la sensación de que el tiempo se volvía sobre sí mismo. Me palpitaban las articulaciones, y los músculos de la espalda, y los lados del cuello, como si mi cuerpo supiera de sobra que no estamos hechos para vivir así. No escribía porque me era imposible. Nunca ponía en marcha la cinta de correr. En las llamadas por Zoom, las voces resonaban y todos tendíamos las manos sin poder tocarnos, con lo que el vacío que nos separaba parecía aún mayor.

Mi mejor amiga, Zikora, que vivía cerca, en D.C., telefoneó una tarde y me informó de que estaba en Walmart comprando papel higiénico.

—¡Has salido! —exclamé, casi a voz en cuello.

—Me he puesto dos mascarillas y guantes —contestó—. Ha venido la policía a organizar la cola del papel higiénico… ¿te imaginas? —Zikora cambió al igbo y prosiguió—: La gente se habla a gritos. Me da miedo, de verdad; en cualquier momento alguien podría sacar un arma. El hombre blanco que tengo delante no me inspira confianza; ha llegado en una camioneta enorme y lleva una gorra roja.

Nunca hablábamos exclusivamente en igbo —siempre intercalábamos palabras en inglés en nuestras frases—, pero Zikora, en actitud alerta, se había desprendido de todo el inglés por si acaso la oía algún desconocido, y ahora sus comentarios quedaban forzados, como si aquello fuera el diálogo de un drama televisivo de tiempos precoloniales: «Un hombre a bordo de una gran carroza, tocado con un sombrero de color sangre». Me eché a reír y ella se echó a reír, y por un instante me sentí liberada, restituida.

—En serio, Zikor, no deberías haber salido.

—Pero necesitamos papel higiénico.

—Creo que por fin ha llegado el momento de que empecemos a lavarnos el trasero —dije, y al instante Zikora y yo exclamamos al unísono: «¡No son limpios!».

A lo largo de los años yo había contado infinidad de veces la anécdota sobre Abdul, nuestro portero en Enugu: el esbelto Abdul, con su jalabiya larga, iba una noche camino de la letrina de la parte de atrás, acarreando su hervidor de plástico con agua, y de pronto se volvió y me dijo con toda calma: «Ustedes los cristianos usan papel después de hacer sus necesidades. No son limpios».

En nuestra conversación familiar por Zoom, dije:

—Ahora el mayor delito que puede cometerse en Estados Unidos es alterar el orden en las largas colas de gente que espera para comprar papel higiénico en los supermercados. La policía anda muy ocupada vigilando las colas del papel higiénico en todo el país.

Esperaba que los demás se rieran —nos reíamos mucho—, pero solo se rio mi padre. Mis hermanos, gemelos, estaban a punto de enzarzarse en otra más de sus discusiones.

Mi madre dijo:

—Nunca he entendido por qué en Estados Unidos lo llaman papel. Papel higiénico. Dicho así, parecería que es algo áspero. ¿Por qué no toallitas higiénicas o rollo higiénico?

Hablábamos por Zoom un día sí, un día no, mis padres desde Enugu, mi hermano Afam desde Lagos y su gemelo, Bunachi, desde Londres. Cada llamada era como un día gris, un día desapacible y ensombrecido por las últimas malas noticias.

Mis padres hablaban de la muerte, de los moribundos y de los muertos, y mis hermanos se zaherían mutuamente con todo descaro, sin molestarse ya en ocultar a mis padres su hostilidad recíproca. Era como si ya no pudiéramos ser nosotros mismos porque el propio mundo no era el de antes. Hablábamos del número creciente de casos en Nigeria, que cambiaba día a día, estado a estado, en una competición macabra. Por el momento la mayor incidencia se registraba en Lagos, seguido de Cross River. Afam nos envió un vídeo de una ambulancia que recorría su calle, en la urbanización donde vivía, con la estridente sirena encendida. Lo tituló «uno menos». Bunachi dijo que en el Reino Unido pronto los médicos no dispondrían de batas protectoras, porque las personas que las fabricaban en China habían muerto. Yo era siempre la última en incorporarme a la conversación, con el pretexto de que estaba en otra llamada con editores, cuando en realidad llevaba un rato con la mirada fija en el móvil, preparándome para clicar en «Unirse». Mis padres habían regresado a Nigeria de París poco antes del confinamiento y mi madre dijo, como repetía a menudo:

—Imaginaos si nos hubiéramos quedado tirados en Europa. Las personas de nuestra edad están muriendo como moscas.

—Imaginaos qué calamidad si tuviéramos las tasas de mortalidad de Europa —agregó mi padre.

—Dios está salvando a Nigeria; no hay otra explicación —dijo Afam.

—Es magia —dijo Bunachi con tono cáustico. Luego añadió—: Sencillamente Europa es sincera en el registro de muertes por coronavirus.

—No, no, no —replicó mi padre—. Si tuviéramos una tasa de mortalidad alta, no podríamos ocultarlo. Somos muy desorganizados; esto no es China.

—Jesús, María y José. Todos esos números son personas, personas —afirmó mi madre, vuelta hacia el televisor.

—Esta mañana me he llevado una cuchara al cajero automático —dijo Afam.

—¿Una cuchara? —preguntó mi madre, otra vez de cara al frente.

—Es que no quería tocar la máquina, y he marcado el PIN con la cuchara y luego he tirado la cuchara —aclaró Afam.

—¿No te habías puesto guantes? —preguntó mi madre.

—Sí, pero ¿quién sabe? Igual el coronavirus puede traspasar los guantes —dijo Afam.

—El virus muere en cuestión de segundos sobre superficies sólidas. Acabas de quedarte sin una cuchara por nada —dijo Bunachi, el sabelotodo de siempre. Unos días antes había declarado que los ventiladores no eran el tratamiento adecuado para el coronavirus. Él era contable.

—Pero ya de entrada no deberías haber salido, Afam —dijo mi padre—. Además, ¿para qué quieres el dinero en efectivo? Os abastecisteis bien.

—Necesito efectivo. En Lagos hay un ambiente muy tenso —contestó Afam.

—Tenso ¿en qué sentido? —preguntó Bunachi.

Afam se hizo el sordo hasta que mi padre preguntó:

—¿Qué quieres decir con «tenso»?

—Se concentran muchedumbres en las urbanizaciones por toda La Isla para pedir dinero y comida. Como sabéis, muchos viven al día, no tienen ningún colchón. Todos esos vendedores ambulantes en las calles. Vi un vídeo en el que alguien, en medio de una muchedumbre, decía que no quieren el confinamiento, que son los ricos los que viajan al extranjero y cogen el coronavirus, y como antes del confinamiento eran ellos quienes nos lavaban la ropa y nos inflaban los neumáticos del coche, ahora debemos darles de comer. A decir verdad, tiene su lógica.

—No tiene ninguna lógica. No son más que delincuentes —dijo Bunachi.

—Pasan hambre —repuso Afam—. Incluso fui al cajero a pie. Según he oído, si te atreves a salir en un coche caro, te persiguen con palos.

Él vivía en una urbanización de casas enormes donde las visitas necesitaban códigos de acceso de un solo uso para abrir la verja de entrada electrónica. Al día siguiente dijo que la muchedumbre había agredido a los vigilantes y aporreaba la verja con la intención de desactivar el sistema de seguridad.

—Han encendido una hoguera ante la entrada —dijo—. Nunca había visto tan activo nuestro grupo de WhatsApp. Todos estamos aportando dinero, y buscamos la mejor forma de entregárselo.

—¿Todavía piensas que son inofensivos? —preguntó Bunachi con sorna.

—Yo no dije que fueran inofensivos. Dije que pasaban hambre —precisó Afam.

En su pantalla, vimos elevarse humo gris hacia el cielo vespertino. Allí de pie en su balcón de mármol, junto a una planta alta en una maceta, ofrecía el aspecto de una persona vulnerable e inexperta. La planta era tan verde, tan frondosa, que me estremecí al recordar el tiempo en que la vida seguía su curso normal y mi hermano era dueño de sus días, al frente de su negocio, un joven influyente de Lagos con poder en las manos. Ahora allí estaba, mientras su mujer se refugiaba en la cocina con sus dos hijos porque la cocina tenía la puerta más resistente. Procuraba disimular el miedo, con lo que solo conseguía traslucir más miedo, y pensé en lo frágiles que somos todos y con qué facilidad nos olvidamos de lo frágiles que somos. Un potente estallido hendió el aire, y me sobresalté, sin saber por un momento si procedía de la pantalla de Afam o del otro lado de mi ventana.

—¿Habéis oído? —dijo Afam—. Una explosión en la verja.

—No será nada grave —señaló mi padre—. Deben de haber echado un bote de insecticida al fuego.

—Afam, entra y cierra bien todas las puertas —instó mi madre.

Para cambiar de tema, comenté que por internet vendían en todas partes vitamina C en dosis altas. Bunachi, cómo no, estaba ya al corriente de todo y dijo que la vitamina C no prevenía el virus, y nos enviaría la receta de una infusión a base de albahaca fresca, que debíamos inhalar a diario.

—Nadie tiene albahaca fresca —replicó Afam.

Bunachi empezó a recitar las últimas estadísticas de mortalidad por países y de pronto dijo:

—Se me acaba la batería.

Y colgó. Mandé a Afam un mensaje de texto, que terminaba con una línea de emojis, corazones rojo: «Aguanta, hermano, todo acabará bien».

Mi prima Omelogor dijo que en Abuya no ocurría nada de eso, que Abuya, como siempre, era más plácida que Lagos, que era como Lagos blanqueada por el sol, perdidos los nutrientes.

—La gente está muriendo y la gente está celebrando fiestas de cumpleaños —dijo.

—¿Cómo?

—Ayer murió de coronavirus el jefe de gabinete del presidente y esta mañana Ejiro me ha invitado a su fiesta de cumpleaños. Le he dicho que, si quiero arriesgarme a morir, elegiré una forma mejor que su fiesta de cumpleaños.

Chocaba oír a Omelogor decir «murió» y «morir»; ella casi nunca hablaba de síntomas o número de muertos. Ella hablaba de volver a precintar cajas de fideos Indomie con celo resistente antes de dejarlas en la puerta de un orfanato; o del creciente tráfico que, desde el confinamiento, registraba su página web, titulada «Solo para hombres», ahora con más visitantes distintos de más países, muchos de los cuales le pedían que grabara un vídeo y se dejara ver por fin. «Me resulta casi íntimo, eso de que me pidan un vídeo», decía Omelogor con voz risueña. De todos mis seres queridos, Omelogor era quien más seguía siendo ella misma, invicta ante esa incógnita colectiva; siempre parecía despierta y duchada y rebosante de planes. «Chia, esto quedará atrás. La especie humana ha sobrevivido a muchas plagas a lo largo de la historia», decía a menudo al percibir mi ánimo abatido, y su tono me levantaba la moral, pese a que la palabra «plaga» me recordaba, por alguna razón, a las sanguijuelas.

«No lo llames plaga», respondía yo.

A veces no hablábamos; dejábamos los móviles apoyados en un libro, o una taza, y compartíamos nuestros silencios y nuestro ruido de fondo. Solo con Omelogor el silencio era tolerable. En las llamadas por Zoom con las amigas, quedarse callada se percibía como un fracaso, así que yo hablaba y hablaba, pensando en lo pronto que nos adaptábamos, o fingíamos adaptarnos, a una vida limitada a la pantalla y el sonido. Zikora decía que le gustaba trabajar desde casa, en la cama, porque así oía el llanto agudo de Chidera en el salón, y los tonos graves de la voz arrulladora de su madre. Chidera lloraba tanto, empeñado en ir al parque, que al final Zikora le permitió ver dibujos animados por primera vez en su vida, y el niño, al empezar el primer corto, pareció asustarse, pero luego se quedaba inmóvil en el asiento, hipnotizado ante el televisor, y berreaba cuando su madre lo apagaba. LaShawn, en Filadelfia, preparaba masa fermentada y dejaba platos de pollo frito en el rellano para su madre, que estaba arriba en cuarentena, porque no querían correr riesgos. Hlonipha, en Johannesburgo, contó que había desconectado el wifi y pintaba acuarelas, pero la entristecían porque quedaban muy acuosas, deslavazadas. Lavanya, en Londres, siempre estaba bebiendo vino tinto, y levantaba la botella ante su pantalla al rellenarse la copa. Su vecina había muerto de coronavirus, una anciana que vivía sola con su perro, y nadie se había llevado al perro; ella lo oía ladrar y se le partía el corazón, pero no sabía si los perros también se contagiaban de coronavirus.

Pronto las llamadas por Zoom se convirtieron en una miscelánea de imágenes alucinatorias. Al final de cada llamada, me sentía más sola que antes, no porque la llamada hubiese terminado, sino por haberla hecho. Hablar inducía a recordar todo lo que se había perdido. Ansiaba oír la respiración de otra persona cerca. Soñaba que abrazaba a mi madre en el vestíbulo de nuestra casa de Enugu, y despertaba sorprendida porque no había pensado conscientemente en abrazarla. Lamentaba estar sola. Si al menos Kadiatou hubiese accedido a traer a Binta y quedarse en cuarentena conmigo. Pero entendía que quisiera estar en su apartamento, pese a lo mucho que me preocupaba por ella. Unos días antes del confinamiento, Kadiatou había dicho: «Espero en mi apartamento». Espero. De hecho, todos estábamos esperando. El confinamiento era una espera incierta de un final incierto, y la espera de Kadiatou era aún más acerba como consecuencia de un dolor indómito. La llamaba a diario, y si no contestaba, llamaba a Binta para asegurarme de que ella se encontraba bien. Para hablar, usábamos la videollamada de WhatsApp porque ella no tenía Zoom. «¿Cómo estáis, Kadi?», le preguntaba, y ella respondía: «Estamos bien, damos gracias a Dios». A veces decía «Señorita Chia, no se preocupe por mí», en voz baja, reacia a los aspavientos. Y sin embargo, hacía solo unas semanas, esa misma voz, estentórea a causa del pánico, exclamaba por el teléfono: «¡Mandará a alguien a matarme! ¡Mandará a alguien a matarme!». Había rechazado la terapia, diciendo con gestos de negación: «No puedo hablar con desconocido, no puedo hablar con desconocido». Su único deseo era que concluyera el juicio, pero los procesos judiciales se habían suspendido, y me preocupaba que ella, atrapada en el limbo del confinamiento, pudiera sucumbir a la oscuridad.

—¿Cómo encontraré trabajo después de esto? ¿Cómo encontraré trabajo? —me preguntó, y transmitía tal desaliento que me entraron ganas de llorar.

—Cuando termine el juicio, podrás abrir tu restaurante, Kadi —dije.

—Después del coronavirus nadie volverá a ir a restaurante —respondió sin vigor.

En una llamada, me alarmé al percibir un asomo de agresividad en Kadiatou.

—No mande más dinero, señorita Chia. Me da ya suficiente. —Nunca me había hablado en ese tono. Un tenso silencio colmó la distancia, entre las pantallas.

—De acuerdo, Kadi —dije por fin. Colgó sin despedirse, y dejé pasar unos días antes de volver a llamarla.

Siempre que preguntaba a Binta «¿Cómo está tu madre?», respondía lo mismo: «Llora por la noche».

«Nadie volverá a ir a restaurante». Me era imposible imaginar esa nueva existencia aislada, en la que la gente ya no salía a comer, porque necesitaba creer que el mundo podía ser otra vez un lugar encantado.

El silencio exterior me amedrentaba. Leía sobre ancianos y ancianas que morían en soledad, como si nadie los quisiera, mientras las personas que los querían lloraban detrás de mamparas de vidrio. En televisión, veía cuerpos envueltos en blanco acarreados como maniquís rígidos y lamentaba la pérdida de desconocidos. Rastreaba Twitter en busca de hashtags referidos al coronavirus, y en el Traductor de Google pegaba los tuits de médicos italianos que parecían saber de qué hablaban. Que no era gran cosa, porque en suma todos sabían muy poco, se abrían paso a tientas en la oscuridad. Imaginaba que padecía cada nuevo síntoma que llegaba a mi conocimiento, y los síntomas cambiaban sin cesar: cada día una nueva sorpresa, desde erupciones en la cara hasta llagas en los pies, como un apocalipsis desaforado en el que no se atisbaba el final. Una comezón en un dedo del pie o una ronquera matutina, y me entraba el pánico, y me decía «Respira, respira», imitando las aplicaciones de meditación que antes no me tomaba en serio.

A menudo recorría mi cuerpo una lánguida sensación de sopor y entumecimiento, y otras veces me asaltaba el creciente calor del desasosiego. En las llamadas por Zoom comenzó a manifestarse la tensión del esfuerzo de exhibir un buen ánimo, especialmente en las llamadas en grupo entre amigas en las que todas blandíamos una copa de vino. Empecé a eludirlas, y a eludir nuestras llamadas familiares. Prescindí incluso de las llamadas de Omelogor, y no había persona más cercana a mí que Omelogor, pero hablar con ella pasó a ser un esfuerzo porque el mero hecho de hablar era un esfuerzo. Me tendía en la cama, sin hacer nada, y me sentía mal por no hacer nada, pese a lo cual no hacía nada. Enviaba mensajes a mis amigas para anunciarles que estaba escribiendo, y como mentía, daba demasiados detalles en lugar de abreviar. Para atenuar mi fatalismo, decidí no seguir ya las noticias. Renuncié a internet y a la televisión y leí novelas de Agatha Christie, evadiéndome gustosamente en su refinada inverosimilitud. Más adelante volví a sumergirme del todo en las noticias. Bebía jengibre en agua tibia y añadía zumo de limón de una botella vieja agrietada que tenía al fondo de la nevera y cayena y ajo y cúrcuma molida del armario de las especias, hasta que la mezcla me provocaba náuseas. Cada mañana, a la hora de levantarme, vacilaba, porque abandonar la cama conllevaba afrontar de nuevo la posibilidad de la pesadumbre.

En esta nueva vida en suspenso, un día me detecté una cana en la cabeza. Apareció de la noche a la mañana, cerca de la sien, formando una apretada espiral, y en un primer momento, al mirarme en el espejo del baño, pensé que era una hilacha. Una única cana con cierto brillo. La desenrollé cuan larga era, la solté y volví a desenrollarla. No me la arranqué. Pensé: me hago vieja. Me hago vieja y el mundo ha cambiado y nunca he sido verdaderamente conocida por nadie. En un arrebato de descarnada melancolía se me empañaron los ojos. Esto es todo lo que hay, esta frágil respiración, el aire que inspiro y espiro. ¿Adónde se han ido todos los años, y he aprovechado al máximo la vida? Pero ¿cuál es el baremo final para medir si se ha aprovechado la vida al máximo? Y si lo he hecho, ¿cómo llegaría yo a saberlo?

Al volver la vista al pasado, me desbordó el arrepentimiento. No sé qué fue primero: si empezó a consumirme el arrepentimiento y entonces busqué en Google a los hombres de mi pasado, o si busqué en Google a los hombres de mi pasado y a partir de ahí quedé sumida en el arrepentimiento. Me acordé de todos los comienzos, y de la levedad del ser que acompaña a los comienzos. Lamenté el tiempo malgastado en aferrarme a la esperanza de que lo que tenía devendría al final en una relación extraordinaria. Lamenté algo que podía no ser siquiera cierto: la posibilidad de que hubiera pasado de largo junto a mí alguien que acaso no solo me habría amado sino que me habría conocido verdaderamente.

Coincidí con un chico coreano en la clase de música que cursé en mi primer año de universidad, hace mucho, recién llegada a Estados Unidos, cuando aún era todo nuevo. Introducción a la Música. La profesora blanca, una mujer menuda, rebosaba entusiasmo, hablaba deprisa, y su torrencial inglés estadounidense, con un marcado acento regional, me resultaba tan extraño, una especie de interminable ronroneo, que con frecuencia me perdía. Un día me volví hacia el estudiante sentado junto a mí, para ver si había captado las últimas palabras de la profesora, y en su página no había letras que yo reconociese sino delicadas imágenes, compuestas de trazos brevísimos e inaprensibles. Me quedé absorta, fascinada por la hermosa caligrafía de la lengua coreana, admirada de que ese chico fuera capaz de escribir aquello y darle sentido. En mi memoria, es así como me fijé en él por primera vez, pero la memoria miente. ¿Cómo sabía yo que esa lengua era el coreano si no conocía la diferencia entre el japonés y el chino y el coreano? Ignoro cómo llegué a saberlo pero lo supe, y supe también que, si escribía en coreano, debía proceder de Corea; no era estadounidense, teníamos esa similitud, y por tanto sus días, como los míos, debían de estar dominados por la soledad. Deseaba su atención, pero no hice nada para atraerla. Era apuesto, fornido y macizo, y el cabello, de tan corto, se le veía erizado, rasgo que interpreté como una actitud desafiante. Siempre entraba en clase con la cabeza gacha, como si fuera vergonzoso o albergara alguna preocupación, se desprendía de la mochila y la dejaba en el suelo antes de sentarse. Imaginaba que nos cogíamos de la mano y nos sentábamos en el césped, donde los estudiantes estadounidenses comían sus sándwiches al sol. Seríamos como esos estudiantes que se iban de excursión a la playa en coche y, al volver, aparcaban delante de la residencia, algo entonados, libres de preocupaciones, dejando un rastro de arena y agua salada a su paso. Cada miércoles y cada viernes, antes de la clase de música, planeaba anotar mi número de teléfono en un papel; me parecía una posibilidad audaz y emocionante, una de esas cosas que la gente hacía en las películas, gente que sabía lo que se traía entre manos. Durante semanas me senté a su lado en clase, su cercanía un impulso eléctrico en el aire, pero no anoté el número hasta la semana anterior a los finales. Añadí: «¿Quieres que quedemos después?». Luego rompí el papel, y cuando tomamos asiento para el examen, anoté solo mi nombre y el número al dorso de un ticket de la cafetería. No llegué a dárselo. Entregué mi examen y me marché. Nunca volví a ver a aquel chico, mi apuesto coreano de cabello erizado. Busqué en aulas y pasillos durante todo el semestre siguiente, y una o dos veces vi a un asiático de facciones angulosas, y lo observé hasta que vi que no era él. Quizá volvió a Corea. ¿Podríamos estar ahora juntos, mi coreano y yo, con uno o dos niños, visitando Seúl y Lagos, y viviendo en Nueva York? Nueva York no me gusta. Se respira un aire un tanto acre; la sensación de anonimato abrasa. Me lleva a sentirme a la deriva, como una piedrecita que resuena en el interior de una gran calabaza indiferente. Viví allí durante un año, al acabar la carrera, en un apartamento de una sola habitación en la calle Cuarenta y dos con Lexington, después de convencer a mi padre de que una aspirante a escritora necesitaba vivir en Nueva York. ¿Qué tenía esa ciudad que provocaba el deseo de esconderse, hasta el punto de que me pasé días encogida de miedo en mi apartamento, encargando comida a domicilio y eludiendo la mirada del amable portero? Cuando renuncié al empeño de escribir una novela, encontré trabajo en el mundo de la publicidad y me marché de allí; nunca he deseado volver. Así y todo, Nueva York aparecía con frecuencia en mis vidas imaginadas, tal vez porque es la ciudad que supuestamente debe aparecer en las vidas imaginadas. También aparecía París, otra ciudad que no me atrae. París ostenta su insignia de singularidad con excesiva contundencia, y por tanto sin gracia; París da por sentado que te cautivará porque es cautivadora. Y los parisinos negros parecen grises, como si el profundo desprecio que Francia reserva a los franceses negros hubiese recubierto su piel de ceniza. Esta descripción de los parisinos negros procedía de un hombre a quien creí amar durante tres años de mi vida. No, un hombre a quien amé durante tres años; pero cuando la relación terminó, lamenté haberlo amado. Darnell. Se llamaba Darnell.

«Se los ve grises y descoloridos. Los franceses tratan a sus negros como una mierda, pero si eres afroamericano, medio te toleran», decía.

Me contó que una vez, al bajar de un tren en París, irrumpieron unos hombres de uniforme y empezaron a pedir la documentación: «Les papiers! Les papiers!». Tras echarle un breve vistazo a su pasaporte estadounidense, le dejaron pasar, y cuando volvió la vista atrás, vio a cuatro franceses negros humillados y apiñados contra la columna de la estación mientras otros franceses pasaban indiferentes por su lado. Deseé que Darnell dijera que eso lo conmovió o acongojó o indignó, pero dijo que era la reificación del paradigma neorracial subjetivo. O algo así.

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