Charles Simic

Charles Simic, el gran poeta estadounidense que no nació en los Estados Unidos

Su identidad como escritor y como persona está arraigada en el inglés, que maneja con absoluta naturalidad, aunque en cierto sentido no deje de oírlo y contemplarlo con una conciencia diferente a la del hablante nativo. Acá está el prólogo de Ángel Vargas al libro de poemas Si le ha fallado la suerte, editado por Cal y Arena. 

Ciudad de México, 10 de enero (MaremotoM).- Charles Simic recibió una llamada telefónica de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos el jueves 2 de agosto de 2007, para informarle que había sido nominado como el décimo quinto Poeta Laureado de la nación: ¿tendría algún inconveniente en asumir tal responsabilidad?

El encargo –el honor más alto que confiere la más antigua e importante institución pública cultural de Estados Unidos– no implica, en realidad, muchos compromisos: en el curso de un año hay que pronunciar una conferencia sobre poesía y hacer una lectura de la propia obra poética, además de proponer ideas e iniciativas que contribuyan a dar un lugar más relevante a la poesía en la vida cotidiana de los norteamericanos.

No obstante, el aceptarlo entraña inevitablemente el convertirse en una figura pública y, como tal, llevar una vida social muy intensa, en detrimento de las propias actividades y de la vida familiar.

De manera que –según le contó al periodista David Mehegan, en una de las tantas entrevistas que concedió en aquellos días–, antes de dar una respuesta a la persona que llamaba, le pidió que le permitiera meditarlo un par de horas. Él le hablaría más tarde. Simic, quien para entonces había recibido una veintena de importantes premios y reconocimientos desde 1970 y cumpliría a mediados de 2008 setenta años de edad, se preguntó: «¿En verdad quiero esto?». Lo meditó un buen rato. Luego consultó a su mujer y a sus hijos. Al cabo decidió que tenía que aceptarlo. Después de todo, en su caso, el galardón tiene incluso un cariz simbólico: un inmigrante de origen serbio que aprendió a hablar inglés a los 16 años y aún hoy habla con notable acento es señalado oficialmente como el portavoz de la poesía en Estados Unidos. Cómo desdeñar tal distinción.

Subrayemos, sin embargo, esa solicitud para considerar si vale la pena o no aceptarla. Esa actitud de reserva ante las glorias del mundo que sólo tiene un auténtico poeta.

Unas cuantas horas más tarde otra llamada le hizo saber que la Academia de Poetas de Estados Unidos había decidido otorgarle el premio Wallace Stevens, que se entrega cada año desde 1994 como una manera de conmemorar la obra de ese poeta.

Charles Simic
El paquete de Charles Simic en Cal y Arena. Foto: Cortesía

2

Charles Simic llegó a Nueva York con su madre y su hermano a bordo del Queen Elizabeth el 10 de agosto de 1954. Los tres habían vivido en París durante un año en espera de una visa norteamericana para reunirse con George Simic, el jefe de la familia, a quien no habían visto en una década –en Yugoslavia los nazis lo habían hecho prisionero y, cuando recuperó la libertad, se marchó a Italia y luego a Estados Unidos, desde donde enviaba regularmente un poco de dinero a los suyos quienes, apenas tuvieron oportunidad, también dejaron su devastada patria.

En París, sujetos siempre a todo tipo de estrecheces, obligados a renovar constantemente sus permisos de estadía, sin poder hacer otra cosa que caminar con tal de salir del pequeño cuarto de hotel donde dormían, «hasta los sonrientes maniquíes de la elegante Avenida Victor Hugo nos miraban como si estuviésemos planeando robar algo», cuenta Simic en A Fly in the Soup, libro en que recoge diversos recuerdos de sus primeros veinticinco años de vida. Algo muy importante le dejaron esos ires y venires con su madre (una refinada maestra de canto, amante de la ópera) y su hermano (siete años menor), lejos de cualquier otro familiar, cuestionados intermitentemente sobre su identidad, convertidos en parias, en personas desplazadas: saber que la historia vuelve a los individuos superfluos e insignificantes en un instante y que nadie está exento de semejante destino.

Las cosas fueron distintas en Estados Unidos. Su padre había encontrado empleo en la misma compañía telefónica para la que había trabajado en Belgrado y vivía fascinado por la cultura norteamericana. Le gustaban el jazz, el cine, los bares. La noche del mismo día en que se reencontraron su padre llevó al joven Simic a escuchar jazz. La relación entre ambos era muy buena. Según le cuenta Simic a Mark Ford en la entrevista que éste le hizo para la Paris Review, a su padre «le gustaba leer de todo: historia, literatura, estudios políticos, religiones orientales, misticismo, filosofía, novelas de misterio, páginas deportivas e incluso columnas de chismes. Era una de esas personas que siempre tratan de responderse las grandes preguntas». Por desgracia, era un despilfarrador y su irresponsabilidad una fuente de interminables conflictos con su mujer, harta de sufrir problemas económicos. Dos años después de haberse reunido se divorciaron.

Para Simic (que en Estados Unidos se convirtió en Charles, porque su padre pensaba que ésa era la traducción adecuada de sunombre serbio, Dragoljub, que quizá podría traducirse al castellano como «Querido» o «Amado»), al igual que para su hermano Milan, Norteamérica era como una gran juguetería. Les encantaron la televisión, el beisbol, el color de los taxis, las hamburguesas, las películas, las mujeres en traje de baño que adornaban los anuncios de la revista Life, los cómics que su madre les compraba para que aprendieran el idioma. Hasta la basura les parecía brillante y novedosa. Era un país para niños.

Poco tiempo después la familia se mudó a Chicago, donde Simic estudió con hijos de trabajadores llegados de todas partes del mundo. Pronto aprendió que en la escuela bastaba con portarse bien para aprobar los cursos y no tardó en convertirse en un buen lector. Poco después de cumplir diecisiete años de edad descubrió que entre sus condiscípulos dos muchachos escribían poemas para enamorar a sus compañeras y, en parte con el mismo propósito y en parte con la intención de probar que él podía escribir mejor que ellos, él también comenzó a redactar poemas. Sin embargo, en ese momento la poesía sólo le interesaba para atraer a las muchachas. Su deseo íntimo era convertirse en pintor. Había empezado a dibujar en Francia, llevado por la admiración que le produjeron las obras de los expresionistas de comienzos de siglo que descubrió en los museos. «Tiempo después me convertí en imitador de Soutine, Vlaminck y los expresionistas alemanes. Cuando dejé de pintar, poco después de cumplir los treinta, era un expresionista abstracto; a veces era una calca de De Kooning, a veces una calca de Guston. La verdad es que tenía poco talento». Lo interesante de estas palabras que le confía a Mark Ford es que remiten al lector a varias de las obras que nutrieron su sensibilidad e imaginación y en las que es fácil distinguir afinidades imaginativas y temas que más tarde estarán presentes en su poesía. Véanse, a modo de ejemplos, cuadros como el óleo Regresando de la escuela después de la tormenta (1939), de Chaim Soutine, que refleja la enorme fuerza numinosa de la naturaleza o la litografía Zapatos, de Philip Guston, que acaso haya contribuido a inspirar «Mis zapatos», uno de los poemas característicos de la primera época de Simic.

En cualquier caso, hay en su obra una notable cantidad de imágenes que sin duda deben su plasticidad a ese temprano entusiasmo por la pintura.

Charles Simic
Sus libros, el gran legado. Foto: Cortesía

La poesía, no obstante, gana cada vez más terreno en su atención y en su interés. Ya había experimentado su poder cuando en la escuela, en Francia, le hicieron memorizar poemas de Baudelaire, Rimbaud y Verlaine, pero al tratar de escribir sus propios poemas se dio cuenta de que había algo maravilloso en las palabras y quiso aprender más sobre ellas. Empezó a leer a los poetas norteamericanos modernos y contemporáneos en la Biblioteca Pública de Nueva York. Quien suscitó su mayor admiración fue Hart Crane –«cuyos impenetrables poemas me parecían la más alta forma de poesía»– y de inmediato comenzó a imitarlo. Aunque esos ejercicios de mimetismo se perdieron y hoy Simic escribe con una enorme transparencia –«quiero escribir poemas que incluso un perro pueda entender»–, desde entonces ha tenido un gusto especial por las palabras raras, que suele dejar caer aquí y allá, en medio de las frases más sencillas, y por la dicción exquisita –«soy como un monje en un prostíbulo, mordisqueando un pedazo de pan reseco mientras mira a las señoras beber champagne rosado y lucir su ropa interior llena de encajes».

Simic desechó la intención de ser tan oscuro como Hart Crane gracias a la lectura de William Carlos Williams, pero la sombra de los dos poetas aún se puede apreciar en los primeros poemas que Simic publicó, apenas cuatro años y medio después de llegar a Estados Unidos, en el número de la Chicago Review correspondiente al invierno de 1959. Nada puede resultar más elocuente en cuanto al talento y el entusiasmo empeñados por Simic para convertirse en poeta que esa primera publicación, que supone no sólo horas y horas de lectura y redacción, sino también numerosos envíos postales a comités editoriales en busca de la aprobación y la publicación respectivas.

Fundada en 1946, la Chicago Review ya era una revista prestigiada cuando aceptó los poemas de Simic, incluso en la costa este, que para el pesar de muchos autores de otras partes de Norteamérica seguía dictaminando y estableciendo reputaciones literarias. Simic celebró la carta que le anunciaba la publicación de sus textos («Mi hermano en el jardín» y «Muerte en la familia») cenando un filete en un restaurante. Todo un lujo para un muchacho que acababa de dejar la casa paterna, precisamente en Chicago, para vivir en Nueva York, en un pequeñísimo departamento de la calle 13 Este.

«Mi hermano en el jardín» es un poema que procura conmover al lector con imágenes ingeniosas, construidas a partir de elementos infantiles (juguetes, animales, envolturas de caramelos) y un vocabulario cuidadosamente elegido –evidencia de un buen manejo del idioma–, pero aunque suscita ternura no resulta del todo afortunado. En cambio, «Muerte en la familia» entrega una historia nítida a través de un par de estampas trazadas con un lenguaje llano y condensa en una imagen discreta pero eficaz la manera en que la muerte se instala en la conciencia del hablante. El poema gravita sobre un dato mínimo pero sorprendente. Ése será el estilo que Simic privilegiará a partir de su primer libro, What the Grass Says, publicado ocho años más tarde. Para entonces, sin embargo, lo habrá depurado tanto, que ni siquiera intentará recuperar este ejercicio, que vale la pena verter al español sólo por conocer al joven poeta y medir la distancia que va de entonces a hoy.

MUERTE EN LA FAMILIA

En aquellos días

mi padre se sentaba en la terraza con los periódicos en el regazo y mi madre colgaba la ropa

en el patio trasero.

Yo escalaba hasta la punta de un ciruelo e imaginaba que era grande.

Ahora mi padre está tendido en la cama rodeado de velas

mi madre se sienta a su lado envuelta en una cobija

y canas desparramadas.

(Oscuras siluetas husmean los cajones en la sala.)

Yo regreso entre huertos y prados

y siento la noche en mi hombro.

3

Entre el poeta primerizo y el poeta laureado median cincuenta años de trabajo. Pero Simic ha demostrado ser un gran poeta desde hace cuarenta. La maestría en su oficio ya despunta en What the Grass Says. De los treinta poemas que conforman ese libro, por lo menos diez son excelentes, y uno de ellos,

«Carnicería», se ha convertido en una especie de emblema del imaginario de Simic, quien lo ha utilizado como pórtico en las varias antologías que se han hecho de su obra en Estados Uni- dos e Inglaterra:

A veces, cuando camino tarde por la noche me detengo ante una carnicería cerrada.

Hay en ella una luz solitaria

como la luz bajo la que el convicto cava su túnel.

Un mandil cuelga del gancho:

la sangre embarrada en él traza un mapa de los grandes continentes de la sangre, de los grandes ríos y océanos de la sangre.

Hay cuchillos que refulgen como altares en un templo oscuro

a donde llevan al inválido y al imbécil para que se alivien.

Hay un bloque de madera donde se trituran huesos y se les raspa hasta dejarlos limpios,

el seco lecho de un río del que me alimento,

donde, en lo más hondo de la noche, escucho una voz.

Escrito en 1963 (es impresionante el salto cualitativo que da Simic en sólo cinco años con respecto del poema que citamos antes), «Carnicería» puede leerse como un compendio de la violencia que le correspondió atestiguar durante su infancia, pero esa interpretación está lejos de agotar su contenido.

Naturalmente, éste y otros poemas similares hicieron que desde el primer momento Simic fuese considerado como un poeta singular dentro del contexto de la poesía norteamericana. Se ha dicho, con razón, que su personalísima cosmogonía está más cerca de la poesía escrita a lo largo del siglo XX en la Europa Central (por autores como Vasko Popa y Aleksandar Ristovic –sus coterráneos–; los polacos Zbigniew Herbert, Ceszlaw Milosz y Wyslawa Szymborska; los rumanos Lucian Blaga, Tudor Arghezi y Paul Celan; el húngaro Miklós Radnóti; los checoslovacos Valdimir Holan y Vitezlav Nezval), que de la obra de cualquiera de sus colegas norteamericanos –con la sola excepción, tal vez, de Mark Strand, con quien en 1976 editó una notable antología de poetas europeos y latinoamericanos. Y en gran medida, esa visión, no sólo desde un mundo sino desde un tiempo distinto, ha sido la aportación fundamental que Simic ha hecho a la literatura escrita en Estados Unidos, cuya vida cotidiana urbana jamás había sido sometida a una óptica como la suya. Ni aun Josef Brodsky, otro eslavoparlante que vivió largo tiempo en Estados Unidos, asumió la nacionalidad estadounidense y se convirtió en poeta laureado en 1991, llegó a plasmar una visión semejante a la de Simic sobre su país adoptivo. Probablemente en este último término se encuentra la clave de tal diferencia: en 1987, cuando Brodsky fue distinguido con el premio Nobel de Literatura, un reportero le preguntó qué nacionalidad lo definía: ¿la rusa, o la norteamericana? Brodsky respondió con brevedad y tino: «Soy un judío, un poeta ruso y un ensayista de lengua inglesa». Para Simic, en cambio, Estados Unidos de Norteamérica es su única patria. No sólo porque tres cuartas partes de su vida han transcurrido allí, sino sobre todo porque nunca ha escrito en otro idioma que no sea el inglés. Aunque recuerda y habla bien su lengua materna (que en los últimos treinta y siete años le ha permitido hacer muchas y muy buenas traducciones de poetas serbios, croatas y macedonios), jamás ha escrito poesía en ella.

Y si bien todo lo que ha ocurrido en la antigua Yugoslavia le importa y le afecta y muchas veces ha escrito y opinado al respecto sin ninguna cortapisa, difícilmente podría verse a sí mismo como un ciudadano serbio.

Su identidad como escritor y como persona está arraigada en el inglés, que maneja con absoluta naturalidad, aunque en cierto sentido no deje de oírlo y contemplarlo con una conciencia diferente a la del hablante nativo.

Por ello mismo se antoja natural que, andando el tiempo, el sustrato de imágenes y mitos del mundo europeo que nutrió los primeros libros de poesía de Simic se haya adelgazado y sus últimos libros estén cada vez más cargados de referencias a la vida norteamericana, sobre todo a la vida de quienes habitan en sus márgenes: ladrones, desempleados, profetas callejeros, poetas insomnes que conversan con sus espejos en la oscuridad. Es un mundo que le produce fascinación y extrañeza, y que enfrenta con una mezcla de pesar y melancolía pero también con humor, un rasgo muy acentuado en su obra más reciente, acaso porque no hay otra manera de guardar distancia ante la abundancia de absurdos que florecen en Estados Unidos. «Somos un país de millones de tontos que creemos las cosas más imbéciles acerca del mundo y de nosotros mismos, pero en lo que toca a la poesía sólo la solemnidad cuenta y bromear es visto como algo anti-americano», le dice a Mark Ford.

El humor –decía André Breton– «es la inteligencia de la inteligencia» y es, en efecto, sumamente corrosivo.

CHARLA RADIOFÓNICA

«Fue una suerte tener una Biblia a la mano. Cuando los alienígenas me secuestraron . . . »

¡Norteamérica –le grité a la radio–

aun a las dos de la mañana estás loca como cabra!

No, no es verdad. Me retracto.

Eres un ángel de piedra en el cementerio

que escucha el vuelo de los gansos con los ojos vendados por la nieve.

 

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