Ciudad de México, 3 de septiembre (MaremotoM).- En 1985, un irlandés desgarbado subió al escenario de Wembley para organizar lo imposible: un concierto simultáneo en dos continentes, con David Bowie, Queen, U2 y decenas de estrellas.
Era Live Aid, la epopeya solidaria que recaudó millones para aliviar la hambruna en Etiopía. Bob Geldof creía entonces —y aún cree— que la música puede cambiar el curso de la historia.
Cuarenta años después, su voz ya no entona canciones de punk ni convoca estadios. Habla ante la prensa internacional, golpea mesas con la misma vehemencia con la que gritaba en los ochenta y lanza una acusación que retumba más que cualquier guitarra eléctrica:
“Están matando niños de manera deliberada dejándolos sin alimentos. El ejército israelí ofrece comida a madres hambrientas, aterradas y exhaustas y cuando llegan para recibir esa pequeña cantidad, les disparan”.
El contraste es brutal. Allí, en los ochenta, millones de personas al unísono cantaban “We Are the World”. Hoy, Gaza es un mapa de hospitales colapsados, madres que no producen leche y niños con vientres inflamados por inanición.
Geldof mira esa imagen con la memoria de quien pasó décadas luchando contra el hambre en África, pero ahora su indignación es mayor: en Gaza, dice, el hambre no es producto de la sequía ni de la pobreza, sino de una estrategia militar deliberada.
“Israel miente sobre el hambre y culpa a Hamás. La verdad es que se trata de una hambruna inducida por el bloqueo. Y el mundo, otra vez, parece mirar para otro lado”, denuncia.
“¿Qué le ha pasado a Israel?” La pregunta de Geldof cala como una daga: “¿Cómo ha permitido la población que su gobierno los degrade hasta este punto? ¿Se han vuelto insensibles al dolor?”.
No habla solo como activista. Habla como testigo de una degradación moral que, según él, se refleja en la indiferencia de una sociedad ante un crimen cometido en su nombre. Mientras en Tel Aviv las protestas reclaman el regreso de los rehenes y el fin de la guerra, Geldof se pregunta si esa indignación alcanzará a quienes mueren de hambre en Gaza.
La ONU y decenas de ONGs coinciden en que la situación es catastrófica: niños muriendo por inanición, alimentos bloqueados en las fronteras y convoyes atacados en zonas de distribución. Geldof recoge esos informes, los transforma en palabras ásperas y los lanza contra las cámaras: “Esto no es una guerra, es un crimen. El hambre no es un daño colateral: es un arma. Y es un arma contra los más indefensos”.

Desde Live Aid, Geldof no ha dejado de ser incómodo. Ha enfrentado a políticos, corporaciones y organismos internacionales. Hoy, con 73 años, el blanco de su furia es Israel. Y lo dice con la misma mezcla de rabia y urgencia que hace cuatro décadas: con la convicción de que callar sería ser cómplice. “Los israelíes deberían preguntarse qué clase de país están construyendo”, advierte.
Si en 1985 su grito fue “den dinero para África”, hoy es “no permitan el hambre en Gaza”. Bob Geldof insiste en que la humanidad no puede normalizar el hambre como arma de guerra.
En Wembley hubo guitarras y esperanza. En Gaza hay escombros y silencio. La diferencia, según Geldof, es que esta vez el hambre no vino del cielo seco, sino de la mano del hombre.











