¿En qué se diferencia El adversario de El odio? ¿Esta es una más de Anagrama, con la fallida dirección de Silvia Sesé, alguien totalmente alejada de Latinoamérica y que en España se vuelca más a la cultura catalana, que a todo el país?
Ciudad de México, 29 de marzo (MaremotoM).- Todo empezó con la tragedia de la familia Bretón, cuando el padre de él mató a los dos hijos de la pareja, en un arranque de maltrato vicario que pinta a un psicópata narcisista en la historia criminal española.
El caso José Bretón es uno de los casos criminales más infames de España, relacionado con la desaparición y asesinato de sus dos hijos pequeños, Ruth (6 años) y José (2 años), en octubre de 2011. El caso conmocionó al país y generó una cobertura mediática intensa debido a su brutalidad y a los intentos de Bretón por manipular la investigación.
José Bretón, nacido en 1975 en Córdoba (España), era un ex trabajador de hostelería con antecedentes de conflictos domésticos. Él y su expareja, Rocío López, estaban inmersos en una amarga batalla legal por la custodia de sus hijos. El 8 de octubre de 2011, Bretón llevó a los niños a un parque en Córdoba y luego afirmó que habían desaparecido. Sus declaraciones contradictorias y comportamiento sospechoso levantaron alertas de inmediato.
Bretón llevó a los niños a una finca familiar en Córdoba, donde los drogó, quemó sus cuerpos en una hoguera y deshizo los restos. A pesar de las extensas búsquedas, nunca se encontraron los cuerpos, aunque expertos forenses confirmaron ADN de los niños en las cenizas. La fiscalía argumentó que Bretón cometió los asesinatos para causar el máximo dolor psicológico a su expareja.

Bretón fue arrestado en 2011 y juzgado en 2013. Sostuvo su inocencia, alegando que los niños desaparecieron en el parque. Sin embargo, el tribunal consideró abrumadoras las pruebas en su contra. En 2013, fue condenado a 40 años de prisión (20 por cada hijo) por asesinato y sepultura ilegal. La pena se redujo a 30 años en 2017 tras un recurso.
El caso generó indignación por la crueldad calculada de Bretón y los fallos del sistema para proteger a los niños durante la disputa de custodia.
Rocío López, la madre, se convirtió en un símbolo de resiliencia, luchando públicamente por justicia.
La ausencia de restos corporales generó debates sobre la ciencia forense y los estándares legales para probar un asesinato sin cuerpo.
Bretón permanece en prisión en España.
El caso inspiró documentales, libros y programas de televisión, reflejando su impacto en la sociedad española.
Puso en evidencia fallos en los tribunales de familia, impulsando reformas en casos de custodia con antecedentes de violencia doméstica.
El caso Bretón sigue siendo un sombrío recordatorio de la violencia intrafamiliar y los extremos a los que puede llegar la venganza.

LA REACCIÓN DE ANAGRAMA
Es probable que por un solo libro, El odio, de Luisgé Martín, Anagrama, editorial fundada en 1969 por Jorge Herralde, viera tirado todo su prestigio en un contexto donde el feminismo y la mirada de las mujeres se oponen con la libertad de expresión y la creatividad de los escritores.
Luisgé Martín (1962) es un gran escritor y con este libro ha puesto también en riesgo toda su carrera.
Decía la editorial para venderlo: Descifrar la mente de un asesino. Un libro perturbador sobre un crimen atroz.
El 8 de octubre de 2011, José Bretón asesinó a sus dos hijos, Ruth y José, de seis y dos años de edad. El caso provocó gran atención mediática; en un primer momento, Bretón aseguró que los niños desaparecieron mientras jugaban en el parque. Sin embargo, después se descubrió que asesinó a sus dos hijos con premeditación y quemó sus cuerpos en una pira para no dejar ningún rastro. El 22 de julio de 2013, la Audiencia Provincial de Córdoba lo condenó a cuarenta años de cárcel por un doble asesinato, con los agravantes de parentesco, premeditación y crueldad.
En un ejercicio literario similar al que hace Emmanuel Carrère en El adversario, Luisgé Martín –que durante más de tres años estuvo en contacto con José Bretón– transita en esta crónica por el filo oscuro de la vileza humana, esa que hace saltar en pedazos la vida entera. Bretón, que hasta muchos años después no reconoció el crimen, culpó a su mujer de su propia desdicha sentimental y mató a sus hijos para que el daño fuera duradero y la acompañara siempre: “Si yo no puedo tenerlos, ella tampoco los tendrá”. Se trata de un odio bíblico, cegador y oscuro, semejante al que siente Medea por Jasón, de ahí que el autor se pregunte constantemente por el mecanismo cerebral que lleva a esta tragedia.
Al fin y al cabo, Bretón era un hombre corriente. Hannah Arendt habla de esta banalidad del mal, que surge en la insignificancia y la simpleza de un sujeto anodino y frío como él. Es evidente que no se pueden explicar las transgresiones que se suceden hasta derivar en un parricidio, pero hay un momento en el que las leyes morales del mundo desaparecen: ese es el intersticio que Luisgé Martín persigue para poner un poco de luz sobre algo que no se puede llegar a comprender jamás. ¿Es la culpa lo último que le queda a alguien consumido por el odio?
El libro, en lecturas previas hechas por los periodistas y por la propia víctima de Bretón, Ruth Ortiz, recibió muchas críticas, al punto que ha dejado de distribuirse.
Cuesta ponerse de acuerdo con la censura, pero los argumentos de quienes están en contra obliga a pensar un poco. Dice Ana Caballé en El País: “Necesitamos entrar en esa oscuridad, la misma y siempre distinta. Ahora bien, dar voz al asesino, con el propósito de acercarnos al máximo a dicha oscuridad, lleva consigo un nuevo dolor para la víctima, obligada de un modo u otro a revivir lo sucedido. Es como un retorno de la violencia ejercida, la víctima vuelve a serlo y a sentirlo todo de nuevo. ¿No basta con lo que ha sufrido ya? Las declaraciones de Ruth Ortiz en la carta que envió a los medios no dejan lugar a dudas: “No podemos dar voz a los asesinos”. Es más, después de haber leído el libro (en la prepublicación que hizo la editorial Anagrama) la impresión dominante es que el “entusiasmo” con que Bretón respondió a la propuesta que le hacía Luisgé Martín de colaborar con él en la reconstrucción de los hechos es que su propósito fue causarle un nuevo daño psicológico y moral a Ruth Ortiz, ampliando la esfera del odio a su familia. La torpeza del autor en el tratamiento narrativo que se da a la madre de los niños a lo largo del libro no es propia de un escritor que conoce su profesión y, en mi opinión, dicha torpeza ha complicado mucho las cosas que podían haberse conducido de otra manera”.

¿En qué se diferencia El adversario de El odio?
¿Esta es una más de Anagrama, con la fallida dirección de Silvia Sesé, alguien totalmente alejada de Latinoamérica y que en España se vuelca más a la cultura catalana, que a todo el país?
En relación con la distribución del libro El odio, de Luisgé Martín, la editorial Anagrama informa de que, voluntariamente, se mantiene en su decisión de respetar la petición de las medidas cautelares solicitadas por la Fiscalía para paralizar la distribución de la obra. Tras la denegación judicial a posteriori de esa petición de medidas cautelares, la editorial, como comunicó la semana pasada, ha suspendido la distribución de la obra sine die.
Asimismo, Anagrama confirma que el único autor de la obra es el escritor y periodista Luisgé Martín y desmiente que se haya realizado o se vaya a realizar pago de cualquier naturaleza al condenado por los horribles crímenes cometidos en 2011.
La editorial manifiesta el respeto absoluto que Ruth Ortiz merece y lamenta el dolor que las informaciones divulgadas sobre la publicación y la distribución del libro hayan podido causarle.
Anagrama considera que, en una sociedad democrática, debe existir un equilibrio entre la libertad creativa como derecho fundamental y la protección de las víctimas. Las obras que se inspiran en hechos reales, como es el caso de El odio, requieren de una dosis doble de responsabilidad y de respeto. Por eso, en un ejercicio de prudencia y de forma voluntaria, la editorial ha decidido mantener la suspensión de la distribución de la obra de manera indefinida.











