Es inevitable advertir que Amuleto resulta un acto de vindicación de aquel puñado de jóvenes que cruzan como sombra y fundamento, gran parte de la obra bolañesca, a fin de ver reducida esa cruzada a sus ecos, al canto ginsberiano del aullido, en abierta provocación con un presente desencantado.
Ciudad de México, 22 de febrero (MaremotoM).- “Si puedes ser leyenda / para qué ser fosa común”: Mario Santiago Papasquiaro.
En la novela Amuleto (1999) de Roberto Bolaño, por partida doble el personaje principal, Auxilio Lacouture, se dice la madre de los hijos que buscaban matar al padre en Los detectives salvajes, pero que esta vez son acogidos figurativamente, a través de su lectura, aprobación y compañía.
La trama es sencilla, visceral y atroz, como se advierte al comienzo: “Yo estaba en el baño, en los lavados de unas plantas de la Facultad, la cuarta, creo, no puedo precisarlo. Y estaba sentada en el wáter, con las polleras arremangadas, como dice el poema o la canción, leyendo esas poesías tan delicadas de Pedro Garfias […] ¿Qué hice entonces? Lo que cualquier persona, me asomé a una ventana y miré hacia abajo y vi soldados y luego me asomé a otra ventana y vi tanquetas y luego otra, la que está al fondo del pasillo (recorrí el pasillo dando saltos de ultratumba), y vi furgonetas en donde los granaderos y algunos policías vestidos de civil estaban metiendo a los estudiantes y profesores presos, como en una escena de una película.”

Así es descrito el episodio de la toma de la UNAM en septiembre de 1968, con la irrupción de la policía y en su encierro como el gatillador del pasado, nos vamos enterando de las últimas décadas de esa fauna literaria endémica y en extinción, que tiene como clave el contexto de la llegada de Bolaño a México y los días previos a su partida a España, dando cabida al episodio desesperado, heroico y fallido que transcurre en Chile: “Después, en 1973, él decidió volver a su patria a hacer la revolución, y fui la única, aparte de su familia, que lo fue a despedir a la estación de autobuses, pues Arturito Belano se marchó por tierra, un viaje larguísimo, plagado de peligros, el viaje iniciático de todos los pobres muchachos latinoamericanos, recorrer este continente absurdo que entendemos mal o que de plano no entendemos.”
Amuleto es una novela sobre el tiempo. Es un corte a una época, que a su vez el aroma de ésta, en el sentido que recoge un arco amplio de vivencias como el testimonio preclaro de que nada es azaroso en este puzzle, más si aventuramos una lectura cruzada de este libro, con el resto de su prosa y también de su poesía, algo que Bolaño declara al ser galardonado con el Premio Rómulo Gallegos, por su novela Los detectives salvajes: “Todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era.”
Es inevitable advertir que Amuleto resulta un acto de vindicación de aquel puñado de jóvenes que cruzan como sombra y fundamento, gran parte de la obra bolañesca, a fin de ver reducida esa cruzada a sus ecos, al canto ginsberiano del aullido, en abierta provocación con un presente desencantado.
Una forma salvar un relato de certezas, en medio de los bloques de desmemoria, los canales de posverdad y la retórica del fascismo cernida en este tiempo, que pretende borrar a piso, incluso las coordenadas sí, de una victoria que, en la línea de flotación de esta novela, defiende la esperanza de una estética rebelde y subversiva. Aún cuando sepamos lo impedidos que estamos de llenar el vacío sin sentido de la izquierda: “Una pesadilla inconclusa de la que hubiera querido escapar mediante la violencia.”
Para una lectura proyectiva es imposible, en una relectura, no reconocer el germen de su novela monumental 2666, al menos en la cifra promisoria: “Y los seguí: los vi caminar a paso ligero por Bucareli hasta Reforma y luego los vi cruzar Reforma sin esperar la luz verde, ambos con el pelo largo y arremolinado porque a esa hora por Reforma corre el viento nocturno que le sobra a la noche, la avenida Reforma se transforma en un tubo transparente, en un pulmón de forma cuneiforme por donde pasan las exhalaciones imaginarias de la ciudad, y luego empezamos a caminar por la avenida Guerrero, ellos un poco más despacio que antes, yo un poco más deprimida que antes, la Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio del año 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo.”
Bajo esa misma mirada iluminada a la manera de una visión, existe un delirio, una locura desbocada, de una revelación que tiene el baño mientras el flujo de conciencia no tiene descanso, para hablar del destino de los libros del siglo XX: “Franz Kafka volverá a ser leído en todos los túneles de Latinoamérica en el año 2101. Witold Gombrowicz gozará de gran predicamento en los extramuros del Río de la Plata allá por el año 2098. Paul Celan resurgirá de sus cenizas en el año 2113. André Breton resurgirá de los espejos en el año 2071. […] Nicanor Parra, sin embargo, tendrá una estatua en una plaza de Chile en el año 2059. Octavio Paz tendrá una estatua en México en el año 2020. Ernesto Cardenal tendrá una estatua, no muy grande, en Nicaragua en el año 2018. Pero todas las estatuas vuelan, por intervención divina o más usualmente por dinamita, como voló la estatua de Heine.”
En último punto, concluyamos que Amuleto es entonces una novela del futuro: un llamado a ser leyenda jamás una fosa común. Un libro para entender cómo seguir leyendo a Bolaño por otros cincuenta años, cuando se acaben los libros y seamos, tal vez, sus últimos lectores, conjeturando que hay detrás de esa ventana.











