Maximiliano Sekkel

Amigos a los golpes, un cuento de Maximiliano Sekkel

Yo conocía el lugar porque cruzaba esa calle cada vez cuando iba a visitar a mi abuelo, que vivía en la parte vieja del barrio. Cuando recorria aquellas calles tenía la sensación de estar en cualquier lugar menos en el barrio. Lo único que alteraba el silencio del lugar era el paso del tren y, de vez en cuando, alguna pelea estudiantil de los colegios cercanos.

Por Maximiliano Sekkel

Ciudad de México, 12 de febrero (MaremotoM).-  En los noventa, para ser respetado en el barrio, tenías de dos: o jugabas bien al fútbol o eras bueno para pelearte. Yo era bueno para las trompadas.

Me di cuenta a los catorce años cuando cursaba el cuarto semestre en un nuevo colegio. En primer año fui a una escuela privada sólo para varones, bastante elegante. Me echaron. La etiqueta nunca fue lo mío. Las clases eran un fastidio. Mi atención estaba puesta en descubrir el mundo de las chicas, hacer amigos y escuchar música.

Ahí había hecho un solo amigo, Diego. También lo echaron. La expulsión, más que como un problema, lo vivimos como un alivio ya que el Instituto se caracterizaba por la imposición de la “moral y las buenas costumbres “. El papá de Diego decidió no perder el tiempo y puso a su hijo a trabajar, así que chau escuela y amigo, no nos vimos más. Esa institución era de las formadoras de los “hombres del mañana”. Se jactaban de haber tenido entre sus exalumnos a varios políticos de renombre que después resonaron en varios casos de corrupción en las noticias.

Existían un montón de normas de comportamiento y vestimenta muy tontas, como el uso de blazer con camisa, la corbata y el pantalón de lana en pleno verano.

Cuando la temperatura llegaba a los treinta grados por más “escuela bien “que fuese, las aulas apestaban a caldo de pollo. Exactamente igual que en las del resto de los mortales. Todos los viernes antes de entrar a clase, nos hacían poner en fila para controlar que el largo del pelo estuviera por encima del cuello de la camisa. Mis chinos eran muy respetuosos y jamás osaron ni siquiera acercarse a ese límite, crecían para arriba de una manera descontrolada, por eso nunca pudieron con mis chinos. En esa época la banda de moda eran los Gun ́s and Roses y decían mis amigos que mi melena era bastante parecida a la de Slash.

Cuando me echaron faltando muy poco para que terminara el año, fue todo un periplo conseguir vacante en un colegio nuevo. El engranaje rechaza las piezas que no encajan. Es como si te hicieran un tatuaje en la frente. Finalmente, después de mucho buscar y llorar en la secretaria de educación mi mamá consiguío cupo en un colegio estatal, donde iban los repetidores, los que tenían problemas de conducta o no se adaptaban. Ese era mi lugar: con los inadaptados.

En ese entonces, las diferencias sociales no eran tan notorias como lo son hoy. A las escuelas públicas asistía gente de todo tipo y eso era justamente lo que estaba bueno, la diversidad.

Apenas entré hice buenas migas con Marianito Azcurri y Sebas Trota, aunque les caía bien, todavía tenía que pasar algunas pruebas de “amistad” para que me aceptaran como a uno más. Digamos que ellos eran un dúo y yo un músico invitado con posibilidades de ser parte de la banda, pero todavía quedaban varios ensayos por delante.

Estos nuevos compañeros eran unos personajes en menos de treinta días de iniciadas las clases habían faltado catorce veces, una falta más y hubieran quedado libres. Todas las tardes en lugar de ir a clase, se escapaban a los videojuegos donde paraban los malandras del barrio o se iban a jugar al paddle a las canchas que quedaban a la vuelta del colegio.

Para que el sol no los delatara, alquilaban un locker en las canchas de paddle. Guardaban una camiseta de manga larga y una gorra con visera que usaban cada vez que jugaban. A pesar de todos sus recaudoslos padres se enteraron cuando el director de las escuela llamo a sus casas para ver porqué sus hijos no iban a clase. Sus progenitores casi los matan

Como castigo, Sebas debió levantarse a las 6 am para repartir soda en la fábrica de su tío durante varios meses. A Mariano lo dejaron sin salir a la calle durante un buen rato. Sólo veía la luz cuando emprendía el camino de ida y vuelta a la escuela. Como sus padres viajaban mucho, Mariano quedaba al cuidado de Mónica, la chica que trabajaba en su casa. Ella era sólo unos años mayor que nosotros. Su novio la visitaba todos los jueves. Mónica y su galán esperaban ansiosos la salida de viaje de sus patrones para dormir juntos en el cuarto de servicio. Mi amigo se dio cuenta de las andanzas de la muchacha y aprovechó para chantajearla. Le dijo que no les contaría a sus padres del amorío, a cambio de recuperar su libertad. Mónica no tuvo más remedio que aceptar la propuesta, finalmente se hicieron compinches y Mariano estuvo de nuevo en la calle a los pocos días.

A Marianito le encantaba llamar la atención, si yo no hubiese sido de los suyos, podría decir que él era medio insoportable. En la escuela cuando estás en segundo año, el ser creértela tiene un límite y ese límite te lo ponen los de tercero o cuarto.

Mi promesa de amigo era muy flaquito, no pesaba ni 50 kilos mojado y era de esa clase de gente capaz de, con un solo gesto hacerte morir de risa. No se destacaba por ser guapo, pero cuando quería era muy gracioso, especialmente con las chicas , siempre andaba rodeado de niñas razón suficiente para tener excesiva atención de parte de los “amigos “ de cuarto.

Éstos, después de varias semanas de verlo exhibiéndose con sus amigas, no lo soportaron y decidieron mandar al malo del grupo a poner orden. No podía ser que un alfeñique, dos años menor, estuviera paseándose con chicas por el patio, mientras ellos estaban solos contando aventuras inventadas de andanzas de fin de semana.

Enviaron a un Chaparro macizo , con mucha cara de malo, asiduo frecuentador del gimnasio.Este buscó una excusa para molestar a Marianito y armar pelea.

Mi amigo tuvo que dar un paso al costado, ya que el chaparro morrudo entraba en la categoría de los semi pesados y Marianito se acercaba más al peso pluma, además, era un hombre de negocios, como lo había demostrado con Mónica. Yo observaba todo desde unos dos metros de distancia,

La prepotencia de este imbécil hizo plantarme en automático y decirle por qué no se metía conmigo. Yo tampoco entraba en la categoría de semi pesados, sino más bien en la de un mediano con pretensiones, apenas terminé de decirlo me di cuenta del lío en el que me había metido. Ceo en el fondo, que más que querer defender a mi amigo, fue un acto reflejo ante su posición desvalida. Además, siempre fui quijotescamente pendejo.

El Chaparro no lo dudó ni un segundo y con la seguridad de alguien experto en estos enfrentamientos, me dijo: te veo afuera. Apenas terminó de decirlo, en el estómago se me hizo un hueco y desde ahí hasta la hora de la pelea, todo lo que me decían u oía tenía el mismo efecto multiplicador. Era como si alguien de repente me hubiese puesto una caja de resonancia en la cabeza. Estaba aturdido y viendo nublado. Como noqueado antes de empezar, todo sonaba con eco, mi voz y la de los demás. Era la adrenalina de todo lo que yo imaginaba que podía suceder .Mas

Más que el miedo de que me rompieran la jeta, me asustaba estar delante de todo el grupo al cual quería pertenecer.

Hubiera preferido recibir una sacudida en el colegio y tan tan , en vez de haber sufrido la angustia de vivir la pelea en mi cabeza un millón de veces,

Todo esto pasó en el primer recreo y desde ahí hasta la salida, se tejió toda la logística del combate. Se tenía que decidir lugar y hora, que fuese mano a mano y demás reglas básicas de toda contienda estudiantil para asegurar condiciones justas. El colegio se alborotó en silencio, cada curso enviaba a su vocero en horario de clase, ya que si hablábamos en el recreo los preceptores sospecharían de algo y cabía la posibilidad de suspender la pelea. El aula de los de cuarto quedaba arriba de nuestro salón. Para evitar ser descubiertos los mensajeros se encontraban en el baño para ultimar detalles sobre el encuentro.

En el segundo recreo, ninguno de los dos bandos cruzó palabra, sólo hubo intercambio de miradas. El patio del colegio era al aire libre, el segundo recreo duraba quince minutos, a esa hora el sol caía perpendicular al patio. Los más grandes se habían dispuesto en patota en la parte de arriba de las escaleras, nosotros debajo del techito de la rectoría. Los teníamos de frente, pero no se veía un carajo. El sol nos cegaba. Una nube fue tapándolo lentamente y vimos con claridad. Eran siete muy bien plantados y nos miraban con una sonrisa sobradora inquietante, los tres que destacaban eran Diego Carbone, el Chaparro y el Japonés Miyasaky. Carbone tenía una palidez extrema, casi transparente. Su ausencia de color contrastaba con el pelo negro peinado con fijador, su cara estaba llena de pozos, secuela de acné adolescente, cuando hablaba se le formaba un hilo blanco en la comisura de la boca, que era repugnante. No era muy alto ni muy grande, pero por su apariencia, intimidaba.

Se sabía en el colegio que su hermano mayor era uno de los integrantes de “Los Estrella”, banda de nenes bien que robaban las casas del barrio cuando sus dueños se iban de viaje. Con la plata obtenida por lo robado, compraban droga en la villa. Años después el hermano de Carbone murió en su ley, la policía le pegó dos tiros cuando lo sorprendieron entrando a robar a la casa de un vecino de sus padres.

Gracias a dios en esa época no había celulares porque si no, desde el colegio, Carbone podría haber contactado a su brother y nos hubieran dado una tremenda paliza.

Al japonés, alias el Chino, (como apodaban a todo oriental en etapa estudiantil fuera este de China o no ) lo asociaban con habilidades de karateka o alguna otra arte marcial similar. Sus padres eran los tintoreros del barrio, dos personas extremadamente trabajadoras; pero este japonés era una excepción a la regla y les había salido vago, era la segunda vez que cursaba cuarto año. Deduzco el motivo de no querer acabar la escuela, verse en el futuro inmediato detrás de una máquina de planchar. Lo cierto es que, al haber repetido dos veces cuarto año, su tamaño con respecto al nuestro era muy superior.

El Chaparro se llamaba Christian, era hijo de un puntero que se dedicaba a juntar gente para apoyar a políticos de turno. La familia de Christian estaba viviendo su momento de gloría y él se creía el hijo del presidente del país más que el de un puntero de mierda. No tenía la más mínima gracia, y la violencia era su mejor manera de llamar la atención.

Nuestro bando era bastante enclenque, recién entrábamos al colegio. Éramos muy cachorros, la diferencia de dos años a esa edad era tremenda. En el caso de yo estar ganando la pelea, era de esperar que los compañeros del chaparro se metieran a defenderlo

De nuestro lado éramos cuatro varones y dos mujeres, que si bien no podían pelear (o quizá sí), pedirían ayuda rápidamente. Los varones éramos: Sebas, Marianito, Claudio y yo. Las chicas eran Pachi y Anabela Sebas era alto y tenía fama de ser bueno para los guantes, además, la violencia para él era cosa de todos los días. Su papá se agarraba a golpes en la calle cada dos por tres, sobre cuando manejaba

Sebas había entrenado en las inferiores de un club de fútbol de primera división, pero el año anterior se había roto los ligamentos cruzados y su carrera futbolística se había terminado. Era el tipo más pinta del curso y lo hacía valer bien. Como su viejo no le daba un peso, Sebas tenía una relación con una señora del barrio que le pagaba 500 pesos cada vez que se la cogía. Nosotros nos enteramos mucho tiempo después, él decía que la plata se la había dado su tío que se apellidaba Kleiman un modisto famoso en el barrio que tenia un programa de radio patrocinado por el, el programa se llamaba Modart en la noche y era muy famoso en ese entonces.

Lo bueno de Sebas era que se sacrificaba por nosotros, porque cada vez al volver de lo de la vieja, éramos ricos.

Nos íbamos de compras a la galería donde vendían ropa que traían de afuera. En los ochenta la galería había sido el lugar donde paraban los punks (ya de salida) y los new romantic influenciados por bandas como The Cure, Roxy Music o David Bowie.

En los noventa se convirtió en el lugar en donde todo adolescente iba a buscar algo que ponerse que lo identificara. Vendían discos, camisetas con estampado de bandas de Rock, zapatillas, era todo. También podías hacerte tatuajes, aros y comprar pipas de agua.

De todos nosotros, Sebas era el más experimentado del grupo, había debutado a los once con unas putas del barrio vecino. Fue su tío el que lo llevó a que se “hiciera hombre”. Años después Sebas terminaría siendo representante de futbolistas, que vendía a clubes de segunda división en México.

Marianito no estaba hecho para pelear, además venía de una familia de intelectuales progres, donde la violencia estaba muy mal vista. Lo único que le importaba era pasarla bien, estudiar poco, tocar la batería y callejear hasta tarde.

Claudio era un cero a la izquierda, amigo de Sebas y Mariano y, por añadidura, uno más de la banda. Hay amigos que no elegirías de primera, pero con el tiempo pueden llegar a sorprenderte. La mamá de Claudio era la dueña del almacén que quedaba en la calle principal. El almacén tenía en la entrada un escalón en donde, si había voluntad, y nos apretábamos, cabíamos doce sentados. Ese escalón ha guardado los secretos, logros, derrotas y sueños de varias generaciones de los chicos que paraban ahí. Era el lugar donde tardes de verano nos juntábamos a echar humo y ver pasar el tiempo. Fue donde unos añitos después probé mi primer porro de la mano de los más grandes del barrio que llegaban al lugar cuando nosotros nos íbamos. Faltar una tarde o noche de verano al escalón era perderse de muchas cosas y de nada a la vez.

Por el lado de las chicas… eran las típicas desobedientes a las que les gustaba andar con los vagos de la escuela. Nos hicimos amigos enseguida. Entre ellas había muy buena onda, aunque eran diferentes.

Pachi venía de una familia fresona, era muy rebelde. Le gustaba andar con grupitos medio marginales, usaba playeras de bandas inglesas: Sex Pistols, Ramones, The Clash y Joy División aunque no era vintage. No había escuchado ni la mitad de todas esas bandas, pero ese look de nena bien irreverente le quedaba y concía a todas esas bandas por su hermana más grande que era una chica banda.

Anabela era la que me gustaba, era una morocha hermosa de pelo oscuro. Yo estaba convencido, con catorce años, de que en el ancho de sus caderas cabían mi obsesión por ella y el universo entero. Era dueña de una de las sonrisas más lindas que yo haya visto.Tenía en el pelo un mechón casiblanco, producto de un lunar de nacimiento; se cortaba el flequillo por encima de los ojos y siempre, siempre se reía, salvo cuando no la veían. Anabela, detrás de esa sonrisa casi tatuada, escondía un misterio imposible de descifrar. Eso era lo que más me gustaba, todo lo que no decía.

Había llegado ese año al colegio igual que yo, iba a nuestro mismo curso, pero se veía mucho más grande. Con ella pasaba lo que pasaba con las chicas de su edad, uno se derretía por ellas, pero ellas se derretían por los más grandes. Estaba de novia con un flaco de veinte que tenía moto y pelo largo , cualquier cosa con motor a esa edad te daba ventaja sobre los demás, hasta un monopatín. Así que a la salida de la escuela veía cómo Anabela se iba agarrada de la cintura de su noviecito, con su mechón blanco al viento.

Unos meses después, cuando Ana estaba peleada con su chico, Pachi nos invitó a los cuatro a su casa. Sebas llevaba un tiempito saliendo con Pachi. En la parte de atrás del taxi sin mucho que decirnos, Anabela y yo compartimos (en medio de una tos de fumador principiante) el humo de un cigarrillo. Ana hizo darme cuenta de que esa noche era distinta, ella quería olvidarse de su chico y yo por suerte estaba ahí.

No faltó ningún cliché: llovía, era invierno, la noche helada. El departamento de Pachi tenía un ventanal enorme que hacía que la lluvia fuera tan protagonista como nosotros.

La cocina fue el lugar donde nos dimos el primer beso. Con el tiempo, no sé por qué, las cocinas se volvieron un común en donde comenzar aventuras y también acabarlas.

A Anabela le tengo que agradecer dos cosas: que me haya tratado muy bien esa noche, porque yo casi no tenía experiencia con las chicas, y que en lo poquito que duró nuestro romance me haya mostrado lo mágico de las bandas de música locales.

Claudio decidió tener protagonismo, tomó la posta del asunto y acordó que el combate fuera a las seis de la tarde, detrás de las vías del tren. Una vez aceptados lugar y hora no había vuelta atrás.

Las vías quedaban a dos cuadras del colegio. Detrás de las ellas había una calle pequeña, silenciosa, con casitas bajas. Era un lugar muy tranquilo, donde los vecinos se conocían bien, cada uno sabia el nombre del otro y si tenían algún problema entre ellos, por alguna medianera o cualquier otro tipo de asunto, ellos mismo lo solucionaban. El lugar tenía sus propias reglas. Tenía tiempo de pueblo.

Yo conocía el lugar porque cruzaba esa calle cada vez cuando iba a visitar a mi abuelo, que vivía en la parte vieja del barrio. Cuando recorria aquellas calles tenía la sensación de estar en cualquier lugar menos en el barrio. Lo único que alteraba el silencio del lugar era el paso del tren y, de vez en cuando, alguna pelea estudiantil de los colegios cercanos.

Claudio cuidó el detalle de tener una ventana de tiempo entre la salida del colegio y la hora de la pelea para ir a buscar a los más grandes del barrio. Ni bien salimos de la escuela, Marianito, Sebas, las chicas y yo fuimos a hacer tiempo a las canchitas de paddle, como un boxeador y su equipo antes de subirse al ring.

Mientras esperábamos le pedimos a dios para que los grandes del barrio estuvieran como siempre en los videojuegos.

Ellos de alguna manera fueron nuestros verdaderos educadores. Gracias a éstos entendimos muy rápidamente el significado de una estructura piramidal. Era una educación bastante simple, o hacías lo que te decían o te comías una paliza. Por ejemplo, cada vez que íbamos a las maquinitas, debíamos darles alguna moneda. Era una especie de cuota que debíamos pagar sólo por el hecho de estar ahí, teníamos que esperar que jugaran al flipper de Back to the Future, o al Galaga todas las veces a su antojo, antes de cedernos el turno.

El Mortal Kombat nunca llegó al barrio, para jugarlo teníamos que ir a los videojuegos de lugares más elegantes.

El reloj iba corriendo y Claudio no llegaba. Faltaban quince minutos para el combate. Yo estaba muy nervioso, me metí al baño para que no me hablaran, se me ocurrían mil posibilidades (ninguna buena) del desenlace de la contienda.

Permanecí en el baño otros diez minutos, tomé coraje y salí faltando cinco.

Sebas no llegaba y esperamos un poquito más. Decidimos caminar lo más despacio posible hacia el lugar para ganar tiempo. La cara de susto de mis amigos no ayudaba demasiado. Eran los sparrings más desesperanzados del mundo.

Faltando una cuadra para llegar, vimos que se había agolpado un montón de gente en el lugar, debía haber más o menos unas cuarenta personas entre estudiantes y curiosos. Atravesamos la muchedumbre y fuimos los primeros de los dos bandos en llegar, Marianito trataba de tranquilizarme, pobre, él estaba más asustado que yo, tenía sentimientos de culpa porque el combate debió haber sido con él y no conmigo. Los vecinos de la callecita salieron como siempre cuando había una pelea para decir que iban a llamar a la policía.

En medio del barullo llegó el Chaparro y su pandilla con la seguridad de tener la pelea ganada.

A lo lejos vimos que Claudio venía corriendo, detrás de él venían el gordo Tutu (veinte años), muy agitado, se le había subido la playera que dejaba ver su panza blanca y Diego Calavera, (veintiuno), también corriendo, muy seguro.

Calavera era una leyenda viviente, como su apodo lo indicaba, era flaco, huesudo, con los pómulos salientes, casi filosos. Tenía una musculatura muy definida parecía tallado en madera. Tenía las piernas y los brazos muy largos, lo que le permitía mantener alejados a sus oponentes. Yo mismo lo había visto en varios combates, tenía el garbo y fluidez de un bailarín de ballet mezclado con lo áspero y sanguinario que puede resultar un perro callejero que pelea por comida.

Cuando llegaron estos dos fueron directamente a encarar al Chino, que era el más grandote: Calavera se acercó a un centímetro, y le quito el cigarrillo qu el Chino tenía en la boca. Le dio una pitada y tirándole el humo en la cara dijo: ¿A ver quién es el malo acá? ¿Vos sos el que se va a meter a defender a tu amiguito? El Chino negó con la cabeza, ni siquiera podía levantar la mirada. Estaba petrificado.

A los de cuarto, les había cambiado la cara de sobrados que tuvieron durante toda la tarde. Calavera gritó usando sus manos como altavoz. ¡Esto es mano a mano y el que se meta, cobra! La gente formó un círculo. Yo estaba aterrado pero calmado a la vez, sabía que no tenía escapatoria.

Calavera me dijo al oído: cabrón (no sabía mi nombre) cuando empiece la pelea da el primer paso hacia adelante. Me sentí en confianza.

El círculo de personas cada vez se hacía más pequeño, el Chaparro y yo estábamos frente a frente en el medio del círculo. Él se puso en guardia primero, yo di el primer paso adelante (creo que el miedo me impulsó), era una mezcla de terror y rabia. Con una mano alcancé a agarrar el pelo del Chaparro y con la otra le asesté el primer golpe. En ese momento me di cuenta de que tenía chances de ganarle.

La mano izquierda era con la que le agarraba el pelo y con la derecha le metía trompada tras trompada, los golpes en la cara del Chaparro sonaban huecos, él me pegaba también pero no era certero. Una de sus trompadas alcanzó a pegarme en la nariz, esto hizo que me saliera sangre, cuando me di cuenta me enojé el doble.

Aprovechando que lo tenía del pelo, puse las dos manos sobre su cabeza y le metí cuatro rodillazos en la cara. Cuando le subí la jeta le di un cabezazo. En ese momento su jeta estaba llena de sangre también.

Brian Castaño
Si tengo que pelear, peleo; si tengo que boxear, boxeo. Intento ser completo, veloz, explosivo. Foto: Cortesía

Desde el momento que empezó la pelea, yo quería acabarla, pero el mismo miedo era el que me impulsaba a seguir adelante. Estaba esperando que alguien parara la pelea, pero no podía soltar al Chaparro por miedo al contrataque, por eso le seguía dando.

Mientras te peleás no podés pensar en nada más que en lo que estás haciendo, es como meditar con los puños, no hay ayer, no hay mañana, no hay nada más que el presente. Lo raro es que, si bien estaba enfocado en la pelea, tenía una visión periférica de la gente que estaba alrededor, mientras lo seguía teniendo de los pelos y dándole en la cara.

A lo lejos se oyeron ruidos de sirenas, fueron los vecinos los que llamaron a la policía. Todos empezaron a correr. En un segundo el lugar se vació, sólo quedamos el petiso y yo. La policía nos detuvo y nos llevó a la comisaría.

Al Chaparro lo vino a buscar su papá, quien lo insultó por hacerlo perder el tiempo y sobre todo, por haber no haber ganado la pelea. Su cara no dejaba duda de haberse comido una paliza. En ese momento entendí por qué el petiso se comportaba de manera violenta. Se demoraron un rato en venirme a buscar, en casa no había teléfono.

Mientras tanto los policías hacían chistes sobre la pelea y decían que me dedicara al box, que por qué no empezaba con Fernández uno de sus compañeros que iba y venía con papeles por toda la comisaría (se ve que lo tenían de punto). Finalmente se pudieron comunicar con mi abuelo, que fue quien vino a buscarme, mi mamá estaba trabajando y mi papá hacía muchos años que vivía en otro país. Mi abuelo, después de darme un sermón, dijo: ¿quién ganó la pelea?

Le dije que yo. Me dio una palmada en la espalda.

Al otro día nos juntamos antes de entrar al colegio Sebas, Marianito, Claudio y yo en la entrada. La gente nos miraba con otra cara, ya no éramos los mismos, habíamos ganado nuestra primera batalla como amigos. Esa misma tarde Sebas nos invitó a tomar la leche con galletitas a su casa, ya era uno de ellos.

Unas semanas después, Calavera, en los videos ya me saludaba por el nombre, aunque todavía teníamos que esperar nuestro turno para jugar al Back to the future.

Sigo llevando las camisas a planchar a lo del Chino, me atiende él,a veces si tiene tiempo nos fumamos un cigarro y nos saludamos con afecto. Nunca mencionamos la pelea.

Todavía soy bueno para los golpes aunque ya no me sirven de mucho. Trabajo para una Multinacional de Tecnología, donde el día a día esta lleno golpes bajoS, pero de otro tipo.

Maximiliano Sekkel
Maximiliano Sekkel

Maximiliano Sekkel: Licenciado en Comunicación, Egresado del curso de guion de la UNAM, ha tomado taller de escritura de novela en el Claustro de Sor Juana. Maximiliano es un profesional del mundo de contenido audiovisual con experiencia en diferentes compañías. Actualmente dirige la marca Backdoor en México. Se destaca por su pasión por realizar proyectos innovadores. Es un gran conocedor de la cultura latinoamericana. Ha vivido entre diferentes países, como Colombia, Perú, Argentina, Brasil y México, por motivos laborales y personales, en los últimos 20 años.

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