Alejandro Zambra

Alejandro Zambra y un café con estricnina: el poder de la envidia literaria

Alguien importante en el pasado, dijo que Zambra era «un mal clon de Bolaño». Y de ahí en adelante, la andanada de críticas y comentarios de vuelo gallináceo que se desató, del tipo: «es una novela muerta», «no conmueve», «no es original», «no cumple con las expectativas”, provoca, desde fuera, una bochornosa sensación de vergüenza ajena, y hacia dentro, sólo daño a la cultura, pues el tan necesario debate cultural baja su nivel, cae por los suelos y se degrada en la diaria convivencia con lo vulgar y lo chabacano. Y a la larga, es la sociedad entera la que se resiente.

Ciudad de México, 25 de marzo (MaremotoM).- Giorgio Vasari, en su inagotable obra de 1550, La vita de piú eccellenti architetti, pittori et scultori italiani, teje unas valiosas reflexiones sobre el amargo tema de la envidia. Sobre cómo, muchas veces, la envidia deja de ser patrimonio de los mediocres, para invadir también el corazón de artistas sobresalientes, talentosos, pero que al caer en la trampa del éxito, se pierden a causa de un ego inflado sin medida.

Es el caso del escultor florentino Torrigiano, quien en su época gozó de un merecido prestigio artístico, siendo incluso solicitado por el rey Enrique VIII de Inglaterra, para hacer varias piezas en mármol y bronce que aún se conservan en la “pérfida Albión”. Pero llevado de este corrosivo mal, según Vasari, Torrigiano era incapaz de reconocer el talento y los méritos ajenos y no pudo soportar el imparable ascenso de Miguel Ángel, compañero suyo en el famoso taller de arte que Lorenzo de Médicis, el Magnífico, había montado en los jardines de su alegre palacio. Explica Vasari que: “Torrigiano, que había trabado amistad con él, movido por la envidia al verlo más reconocido que él y más valioso en el arte, bromeando, le dio un puñetazo en la nariz con tal fuerza, que se la rompió y lo dejó señalado para siempre”.

Vasari también narra cómo acabó la vida de Torrigiano. Dice que, en un arranque de ira al verse estafado por un aristócrata andaluz, destrozó una imagen de la Virgen Inmaculada que él mismo había esculpido para dicho noble. El español lo denunció ante la temible Inquisición, y rápidamente fue apresado, juzgado y condenado, muriendo al poco tiempo en la prisión de Sevilla. De este modo y no sin lamentar este triste final, Vasari saca cuentas con sabiduría sobre el carácter eminentemente autodestructivo que poseen la envidia y la soberbia. Y alerta de ellas a los artistas.

En lo que toca a las letras españolas, también podemos encontrar diferentes historias sobre cómo la envidia ha desplegado sus torvos campamentos y, seguramente, si preguntamos a cualquier poeta o artista que haya destacado un poco por encima de la media, podría referir su versión al respecto. Pero creemos que lo que sorprende más –y lo que daña más– es cuando el rostro desfigurado por la envidia, no es el de cualquier hijo de su padre con pretensiones e ínfulas de grandeza, sino cuando es el de alguien que, por gozar de un talento innegable, haya alcanzado una posición tan elevada, de tanta honra y universal reconocimiento, que no se puede esperar otra cosa de ellos que no sea magnanimidad y señorío. Ejemplos, por suerte,  no nos faltan. En cambio, sucede todo lo contrario cuando los venerables maestros se acostumbran a la gloria, al elogio y al poder que éstas otorgan, y caen en el patetismo de convertirse en niños celosos y mimados, deseosos de acaparar la atención y disfrutar de protagonismo absoluto.

Fue lo que pasó con una de las más grandes figuras de la poesía española, autor de una obra vasta que alcanzó en vida todo tipo de reconocimientos y honores, incluido el Premio Nobel, como lo fue don Juan Ramón Jiménez. Ocurrió que en el momento de su apogeo, comenzó a crecer el árbol frondoso y florido de la llamada Generación del 27, con cúspides doradas como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pedro Salinas, José Bergamín, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda y tantos otros nombres que, juntos, forman una verdadera galaxia luminosa y viva, una «brillante pléyade», que  siempre rindió a Juan Ramón todos los honores, todos los tributos, considerándolo un maestro y mentor, pero cuyo afecto, desde muy temprano (a partir de 1927, cuando ninguneó de mala manera el homenaje al tricentenario de Góngora), el laureado andaluz no supo corresponder: A medida que ellos fueron creciendo y desarrollando su propia visión del arte, él tuvo envidia y se dedicó durante años a atacarlos, haciendo una crítica despiadada y destructiva de todo cuanto hacían los jóvenes poetas emergentes.

Vicente Quirarte
Su nombre era Ricardo Reyes Basoalto y con el tiempo se llamaría Pablo Neruda y llegaría a ser Premio Nobel de Literatura. Foto: Cortesía

Esto es lo que explican, por ejemplo, Neruda y Alberti, que lo vivieron muy de cerca. Recordemos que Neruda llegó a Madrid en 1934, cuando esta guerrilla ya contaba numerosas escaramuzas, y que de inmediato gozó de la amistad y el entusiasta reconocimiento de los poetas españoles, pues antes de conocerle personalmente ya conocían su obra, habían leído Residencia en la Tierra y habían hecho una crítica muy elogiosa de esta poesía dotada de una música y una sonoridad tan distinta de la que se hacía en España. Esa razón bastó para que Neruda, de 29 años, se ganara la animadversión de Juan Ramón Jiménez y se convirtiera en blanco de sus iras y denuestos. Afirma Neruda:

“Juan Ramón Jiménez, poeta de gran esplendor, fue el encargado de hacerme conocer la legendaria envidia española. Este poeta que no necesitaba envidiar a nadie, puesto que su obra es un gran resplandor que comienza con la oscuridad del siglo, vivía como un falso ermitaño, zahiriendo desde su escondite a cuanto creía que le daba sombra. Los jóvenes –García Lorca, Alberti, así como Jorge Guillén y Pedro Salinas– eran perseguidos tenazmente por Juan Ramón, un demonio barbudo que cada día lanzaba su saeta contra este o aquel. Contra mí escribía todas las semanas unos acaracolados comentarios que publicaba domingo a domingo en el diario El Sol. Pero yo opté por vivir y dejarlo vivir. Nunca contesté nada”.

Rafael Alberti
Rafael Alberti Merello fue un escritor español, especialmente reconocido como poeta, miembro de la generación del 27. Foto: Cortesía

En el caso de Alberti, tuvo desde muy joven una relación de respeto y admiración con el autor de Platero y yo e incluso de gratitud, pues se sabe que el Premio Nacional que Alberti ganó en 1925, por su poemario Marinero en tierra, cuando sólo tenía 23 años, se lo debió en gran parte a la influencia de Juan Ramón, pero igualmente, su testimonio corrobora el de Neruda:

“Juan Ramón, ya desde lo de Góngora, comenzaba a afilar su navaja andaluza, lanzando aquí y allá sus primeras puntadas […] Y las peleas de verdad comenzaron. A veces, por nimiedades, por aburrimiento, cuando no por exigencias, un tanto tiránicas, de orden literario, caprichosas, injustas, llevando las cosas, en muchas ocasiones, hasta el histerismo […] Pero su odio mayor era Gerardo Diego, a quien motejaba de «loquitonto», insultando de paso a Huidobro y Larrea, dos buenos amigos de Gerardo.  Los repetidos palos a Neruda vendrían mucho después.”   

Luego, Rafael Alberti añade un cuestionamiento cargado de resignación y perplejidad:

“¿Qué quería Juan Ramón Jiménez? ¿Qué temor era el suyo? ¿Perder acaso la batuta y encontrarse de pronto sólo, sin orquesta, trazando signos en el aire de una sala vacía? Mas a pesar de los pesares se le siguió queriendo y admirando a distancia –yo tuve el talento de frecuentarlo poco desde fines del 27–, perdonándole, aunque no siempre de buena gana, sus evidentes injusticias”.

Roberto Bolaño
Roberto Bolaño, tan extrañado. Hoy cumpliría 70 años Foto: Cortesía

En el caso de Chile, también tenemos un nutrido historial protagonizado sobre todo por los poetas. Más recientemente, la envidia chilena se desató como un terremoto grado 12, con la irrupción de Roberto Bolaño en el castillo de las letras nacionales, sin invitación y sin ninguna intención de postrarse ante las glorias locales. Las huellas ardientes de la polémica, lamentablemente, aún perduran y, a pesar de que las repercusiones de la obra del autor de Los detectives salvajes se han elevado a alturas incuestionables en todo el mundo, así y todo, cierto establishment cultural chileno, de tendencias bananeras, sigue resentido.

Y mucho de este resentimiento, lo han querido cargar sobre el poeta y crítico literario Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975), autor de los poemarios Bahía inútil (1998) y Mudanza (2003)  y de las novelas Bonsái (2006) y La vida privada de los árboles (2007). En la primera se relata una historia de amor protagonizada por dos jóvenes estudiantes de literatura que comparten reflexiones, lecturas y experiencias a medida que se adentran fatalmente por los pasillos sin retorno de la existencia, y en la segunda, continúa trabajando temas como el amor, la soledad y los sueños de juventud, con una pluma serena y sencilla, pero de tal profundidad en su mirada, que lo han convertido en uno de los escritores más importantes y prometedores de Latinoamérica.

Alejandro Zambra
Editó Anagrama. Foto: Cortesía

No obstante, la publicación de Bonsái por parte del sello Anagrama, el mismo que publicó la mayor parte de la obra de Bolaño, motivó que se encendieran contra Zambra los fuegos amargos de la envidia. Lo más chistoso es que Zambra había enviado antes el manuscrito de Bonsái a varias editoriales chilenas, sin éxito, hasta que, animado por los amigos, lo envió por correo ordinario directo a Barcelona, a la sede de Anagrama, en donde se reciben periódicamente numerosos originales provenientes de toda Hispanoamérica. Jorge Herralde declaró que al leer Bonsái sintió «un estremecimiento que le bajaba por la espalda», de modo que decidió publicarla inmediatamente. De modo que no hubo nada de cartas de recomendaciones, ni enchufes de ninguna clase en esta decisión: sólo el gran mérito del talento, del estremecimiento que provoca la buena literatura.

Y eso fue lo que dolió tanto a una parte bulliciosa del gremio de los escritores en Chile que, en lugar de saludar el logro de un colega, reaccionaron ofreciendo a Zambra el café con estricnina de la envidia, a través de columnas en la prensa, blogs y medios de comunicación de todo tipo. Alguien importante en el pasado, dijo que Zambra era «un mal clon de Bolaño». Y de ahí en adelante, la andanada de críticas y comentarios de vuelo gallináceo que se desató, del tipo: «es una novela muerta», «no conmueve», «no es original», «no cumple con las expectativas”, provoca, desde fuera, una bochornosa sensación de vergüenza ajena, y hacia dentro, sólo daño a la cultura, pues el tan necesario debate cultural baja su nivel, cae por los suelos y se degrada en la diaria convivencia con lo vulgar y lo chabacano. Y a la larga, es la sociedad entera la que se resiente.

De esta manera, vemos cómo en todos los casos expuestos, la envidia y la pequeñez de espíritu, salen bajo el sol para pronunciar sus chirriantes notas y sus mezquinos comentarios.

             

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