A veces somos santos

A veces somos santos: la importancia de la elección

¿Qué nos hace ser santos? ¿Hemos aspirado a la santidad alguna vez? Basta con que estemos presos (metafóricamente) en problemas y haya alguien que busque (y encuentre) la manera de liberarnos directa o indirectamente. El milagro está delante de nosotros y muchas veces ninguno se percata de que está ocurriendo tan solo en nuestra manera de vivir.

No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.

Romanos 12, 21.

[…] como aquel que os llamó es santo,

sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir.

1 Pedro 1, 15.

Ciudad de México, 24 de febrero (MaremotoM).- El sábado 15 de febrero asistí a la segunda función de A veces somos santos, de Ken Jaworoski, bajo la dirección de Mauricio Cedeño y la producción del Teatro María Teresa; mientras ocurría la obertura/justificación donde se habla del libreto como personaje que no se ve —y sin embargo es el resultado de horas y horas de escritura del dramaturgo— no dejaba de pensar en unas las palabras del dramaturgo y director teatral Guillermo Schmidhuber de la Mora, a propósito de la teatralización como “camino lúdico para conocer la otredad, para descubrir los misterios del tú”, pues el teatro —continúa— “no es vano entretenimiento, sino contención de la existencia humana; tampoco es pasatiempo, sino tiempo vital”.

Lo traje a la memoria porque efectivamente el teatro es el tiempo vital donde se contienen pequeños fragmentos de la existencia humana y vemos al otro o a nosotros mismos representados.

A veces somos santos presenta cuatro historias con una pregunta eje en apariencia inocente: “¿Alguna vez hemos tenido la necesidad de que alguien haga algo por nosotros?” Digo aparente porque en realidad todos alguna vez hemos necesitado de alguien o bien alguien ha necesitado de nosotros y sobre eso versan las vicisitudes de los cuatro personajes de esta obra: El ciego Mark (Emilio González), La Hermana María (Katya Paredes), Virginia, la maestra de Biología (Sofía Ramírez) y Un entrenador de baloncesto (Mauricio Cedeño). Cada uno de ellos intenta ayudar dentro de sus posibilidades a pesar de que en el camino pierdan algo de sí, mas en otros casos los personajes ganan algo sin sospecharlo, de las personas menos esperadas.

I

Mark está condenado a la ceguera, por lo tanto debe someterse a una cirugía sumamente delicada de la que sale airoso y con ello nos muestra la sorpresa con la que mira todo lo que le rodea: el jabón para lavar platos, porno (a pesar de que se le recomienda no tener sexo), libros, películas, los detalles del piso del departamento, el azul del cielo, las sombras, los envoltorios de los caramelos. Es decir, todas las pequeñas cosas que a veces pasamos desapercibidas por lo rutinario y caótico de nuestras ajetreadas vidas. Puede parecer lugar común y sin embargo no lo es, porque es cómico todo el trazo que nos ofrece la historia de Mark salvo el final, donde debe tomar una decisión de vital importancia que cambiará el rumbo de su vida (otra vez).

A veces somos santos
A veces somos santos, de Ken Jaworoski, bajo la dirección de Mauricio Cedeño y la producción del Teatro María Teresa. Foto: Cortesía

II

La Hermana María, que en otro tiempo se llamaba Becki, quiere dejar el internado y salir al mundo, servir de otra manera más útil, digamos, por eso le pide permiso a la Hermana superior que le permita ir a platicar con los presos, situación que no es vista con buenos ojos; sin embargo, se le concede e inicia así una estrecho diálogo con Richard, un preso que tiene la enfermedad de Huntington. Poco a poco ese diálogo va estibando en amistad, pues ambos se escuchan, tanto así que ella considera que tuvo que llegar hasta esa prisión para encontrar a un verdadero amigo. Él le pide unas pastillas para dormir de venta libre que mezclará con otras sustancias para potenciar su poder y ella se debate moral y religiosamente si debe cumplir con esa petición o no. La decisión que tomará la Hermana María traerá consecuencias irreversibles.

III

Virginia, quien solía ser maestra de Biología en la universidad durante 32 años, retirada, de pronto se volvió asustadiza y dejó de salir de casa, así que su hijo la internó en un psiquiátrico. En ese lugar conocerá a Earl, uno de los camilleros que trabaja en ese lugar en el turno de la noche y que no parece estar muy bien de sus facultades mentales. Éste le presume que atrapó un Amia blanca, un fósil viviente que tiene en su sótano. Virginia considera que debe dejarlo en libertad porque no son peces de cautiverio, mas Earl se niega. La maestra conoce también a Paula, una interna muda, tal vez por elección o por nacimiento, no lo sabemos. Y entre ambas urden el plan de liberar al pez. Virginia deberá luchar contra su fobia de salir, algo que le era prácticamente imposible a pesar de intentarlo con terapia y medicamentos; sin embargo, ahora tiene un objetivo y deberá tomar una decisión que la llevará a encontrarse de nuevo consigo misma de la mano de Paula.

IV

El entrenador de baloncesto es un ex presidiario que llega a entrenar a unos niños que odian estar allí —es requisito estatal un deporte para graduarse— y son “como animales”; salvo Michael, un niño tartamudo, “regordete, piel dañada y lentes de botella” con una historia a cuestas difícil de soslayar, igual que la de su entrenador. De Michael todos se burlan por su tartamudez, a pesar de que se esmera en cada entrenamiento. Son sólo cinco chicos en el equipo que no logran fungir como tal y la directora lo sabe, pero no hay otro camino más que hacer lo que se pueda con lo que se tiene. A medida que avanza la escena se va enarbolando un fuerte vínculo entre Michael y su entrenador. No logran ganar un solo partido y en el último se enfrentan contra un equipo bien organizado, con 15 jugadores y un entrenador petulante. Son humillados y el ex presidiario intenta una afrenta contra el contrario a pesar de que le puede costar volver a prisión; sin embargo, recibe una llamada que lo salvará sin siquiera imaginarlo.

Coda

¿Qué nos hace ser santos? ¿Hemos aspirado a la santidad alguna vez? Basta con que estemos presos (metafóricamente) en problemas y haya alguien que busque (y encuentre) la manera de liberarnos directa o indirectamente. El milagro está delante de nosotros y muchas veces ninguno se percata de que está ocurriendo tan solo en nuestra manera de vivir.

Los cuatro actores visten de negro todo el tiempo, la utilería es lo que hace que cada uno resalte en el momento de su participación ya con el pez, con el balón, con una estrella, una tela que funge como agua, los lentes oscuros, la gorra o el silbato. Lo demás será la armonía entre los actores con la escueta escenografía para situarnos en cada una de las situaciones de las historias. Ah, claro, sin olvidarnos de ese gran personaje que es el “Libreto”, con mayúscula, que nunca abandona el escenario. Durante los 80 minutos que dura la obra nos reímos, reflexionamos, nos olvidamos un poco de nosotros y atestiguamos lo importante de las decisiones.

Guillermo Schmidhuber escribió también que para él “el teatro es el milagro secreto de detener el tiempo de la vida y de hacerlo repetible”, así pues la maravilla se repetirá el sábado 22 de febrero a las 7 pm en el Teatro María Luisa, en la calle Cruz Verde 121, Centro, Guadalajara y todos podemos ser esos testigos de mirarlo. Cabe señalar que es un teatro histórico que comenzó a funcionar desde 1929 y es considerado como Patrimonio cultural relevante del Estado, rehabilitado por la familia Cedeño Ángel desde el 2020. Así, pues, tenemos rezones suficientes para ir a celebrar que el teatro sigue recibiéndonos para mirarnos a través de su espejo.

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